Las manos de Dios_ Casi literal

Las manos de Dios


Por ALFONSO GUIDO | LA TUBERCULOSIS DE KAFKA

Ojalá todos leyeran Las manos de Dios por lo menos una vez entre los 17 y los 21 años y se dejaran seducir por la valentía de Beatriz, aunque años más tarde también terminen descubriendo la complejidad de tener coraje en un mundo históricamente cobarde.

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Alfonso Guido_ Perfil Casi literalEn algún punto de mis años universitarios llevé la asignatura de Teatro Español e Hispanoamericano del Siglo XX. Recuerdo que leí en aquel semestre un drama que me sedujo y me fascinó por sobre los demás, a tal punto que lo volví a leer dos o tres veces más en los siguientes años. Estoy hablando de Las manos de Dios (1956), del dramaturgo guatemalteco Carlos Solórzano.

En un pueblo que podría ser cualquiera de Latinoamérica, Beatriz ruega a un Carcelero por la liberación de su hermano, a quien el Amo (alegoría del poder y de cualquier gobernante convertido en dictador) había mandado encarcelar a causa de sus ideas liberales. El Diablo, tomando la apariencia de cualquier forastero, se aparece en el pueblo, pero no puede ser visto por nadie que viva sumiso y con temor. El Diablo escucha los ruegos de Beatriz al Carcelero, por lo que se presenta ante ella (que sí lo puede ver a causa de su alma rebelde) y la convence de ofrecer al guardia 300 pesos para que libere a su hermano. La mujer así lo hace y el Carcelero acepta el soborno, pero para reunir el dinero o su equivalente, ella debe robar las joyas que adornan las manos del Padre Eterno, una imagen de madera que yace dentro de la iglesia del pueblo. Por su parte, el Carcelero quiere el dinero para entregárselo a una Prostituta a cambio de algo más que un favor sexual. Beatriz roba las joyas y se las entrega al Carcelero, pero resulta que para la Prostituta el botín no es suficiente y chantajea al Carcelero, exigiéndole más joyas; y este, a su vez, hace lo mismo con Beatriz, que no tiene otra salida que volver a robar de las manos del Padre Eterno durante tres días seguidos. Con la ayuda del Campanero y el Sacristán, el Cura le tiende una trampa al ladrón y de esta forma Beatriz es descubierta y enjuiciada en la plaza.

En este drama compuesto por tres actos, Solórzano hace un grabado de cualquier realidad latinoamericana donde surgen los mismos antagonismos: el opresor y el oprimido, el poder y la irrelevancia, la santidad y la rebeldía, Dios y el Diablo. Esta obra deja en evidencia la corrupción que siempre ha habido dentro de todos los aparatos burocráticos y la Iglesia Católica, pero considero que el mayor logro de Las manos de Dios consiste en presentarnos lo compleja que puede ser la idea de justicia. «No es posible rebelarse ante lo que Dios ha querido que sea», dice el Cura a mediados del último acto. Pero ¿cuándo es prudente, entonces, romper con el orden establecido?

Esta noche, después de por lo menos una década, volví a leer esta obra blasfema que tanta admiración me despertó en los años universitarios. No sé qué tanto habrá cambiado el mundo desde entonces. Tampoco sé qué tanta admiración podría despertar en los jóvenes que la lean ahora, pero lo que sí me hizo ver esta relectura es cuánto he cambiado yo con el paso del tiempo. Ya no soy tan rebelde, tan romántico ni tan idealista. Me doy cuenta de que ya no me atrae jincar al Diablo, y ahora —al igual que el pueblo sumiso que no puede rebelarse a causa de su temor— yo también soy súbdito de un «Amo» representado por un sistema ante el cual ya no soy tan valiente como antes, acaso por madurez, comodidad o simple desidia.

En Las manos de Dios no hay culpables ni inocentes. Tan maldito es el Cura por ignorante como la Prostituta por lujuriosa. Tan culpable es Beatriz por robar como su hermano por alterar el orden establecido. Tan déspota es el Amo como el pueblo cuya sumisión lo permite. Tanto de sordera peca Dios como el Diablo de alborotador. Todos forman parte del fresco donde el límite entre el bien y el mal sigue siendo ambiguo y a conveniencia propia, como siempre lo ha sido desde que la humanidad tiene memoria.

Ojalá todos leyeran Las manos de Dios por lo menos una vez entre los 17 y los 21 años y se dejaran seducir por la valentía de Beatriz, aunque años más tarde también terminen descubriendo la complejidad de tener coraje en un mundo históricamente cobarde. Sería curioso verlos postear —ya sea por pura pose mediática o por un genuino despertar de conciencia— sentencias como #BeatrizEsInocente, #MiPadreNoEsEterno, #TodosSomosElDiablo o algo por el estilo para luego ver cuántos y de qué forma se exorcizan o se redimen.

Encontré una copia escaneada de Las manos de Dios que pueden leer aquí.

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