40 años de la película nicaragüense La insurrección_ Casi literal

40 Años de la película La insurrección


Por KARLY GAITÁN MORALES | LA VENTANA DISCRETA

«En La insurrección, el escritor chileno Antonio Skármeta encuentra por fin al protagonista que ha estado buscando toda su vida: un pueblo entero». Ariel Dorfman, escritor y dramaturgo argentino.


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Karly Gaitán Morales_ perfil Casi literalLa insurrección, largometraje de ficción filmado en Nicaragua a finales de 1979 y comienzos de 1980, fue dirigido por el cineasta alemán Peter Lilienthal, escrito por el autor chileno Antonio Skármeta y protagonizado principalmente por habitantes de la ciudad de León, de donde surgieron, además, los personajes secundarios, extras y figurantes.

Skármeta y Lilienthal habían tenido conexiones artísticas desde 1972 en Chile. Años antes, Peter había leído los cuentos de Antonio y, como su lector, le pidió escribir un guion para una película. De esa petición surgió el largometraje de ficción La victoria. En la década de 1970, Peter Lilienthal era un cineasta muy representativo del cine alemán, con varias nominaciones y premios en importantes festivales de cine en el mundo.

Después del golpe militar a Salvador Allende en 1973, Skármeta salió del país rumbo a Argentina, donde escribió el segundo guion para Lilienthal, Reina la tranquilidad en el país, que se filmó en Portugal, en 1975. Después se fue a vivir a Alemania. En 1980 viajó a Nicaragua y escribió el guion de La insurrección; y con los materiales de sus investigaciones y entrevistas realizadas durante su visita al país escribió la novela que lleva el mismo nombre.

Sobre el inusual proceso de trascender de un guion a una película y de esta a una novela, explicó Antonio Skármeta en el artículo La Insurrección: Gambito nicaragüense de film y novela, publicado en la revista Nicarauac, en 1980: «Yo salto con La Insurrección del film a la novela porque la riqueza expresiva del cine radica en una inmediata sensualidad de la imagen que va arrollando personajes, situaciones, en un tiempo impuesto a la comunidad de espectadores. En el cine, el actor interpreta al personaje. En la literatura, el lector interpreta al personaje. Es el lector quien recibe la situación y es él, personaje propuesto para gesticularlo […] Después de haber escrito con Lilienthal el guion del film en Nicaragua, comencé de inmediato a escribir una novela sobre la base de este. Fui desde la realidad al guion y del guion a la novela, porque la intensidad de la experiencia acumulada le exigió a mi fantasía una expresión más íntima, más matizada, más expansiva y, sobre todo, más en contacto con mi producción narrativa anterior, con esas obsesiones personales que buscan infiltrarse y teñir la realidad, aun cuando esta sea algo tan explosivo como la revolución nicaragüense».

Peter Lilienthal llegó a Nicaragua el 19 de noviembre de 1979, cuatro meses después del triunfo de la Revolución Popular Sandinista, y comenzó de inmediato su investigación y los trabajos de preproducción para La insurrección. Ese año, Lilienthal había ganado el Oso de Oro del festival de cine en Berlín por su largometraje David y gozaba de gran prestigio y popularidad en su país. La televisión alemana proporcionó los recursos de la película y en Centroamérica se contrató a Istmo Film, de Costa Rica, para la producción ejecutiva local. Era una coproducción alemana con Provobis y V. Vietinghoff Film y el Instituto Nicaragüense de Cine, que apoyó en los recursos locales de producción.

El trabajo cinematográfico se realizó con la cámara del alemán Michael Ballhaus —quien sería después el camarógrafo favorito de Martin Scorsese— y se estrenó en 1980 en Nueva York, con un programa doble que incluía el largometraje documental El Salvador, el pueblo vencerá, del cineasta puertorriqueño Diego de la Texera, quien había tenido también mucho que ver con la fundación de un cine nicaragüense estatal en 1979.

Una vez presentado el filme en festivales de cine, obtuvo el Premio Federal de Cine Alemán y se proyectó en la Cinemateca Nacional de Nicaragua, en foros universitarios y de cine móvil en todo el país (programa de exhibición que llegaba a pueblos remotos del país proyectando cine gratis); alcanzado una cantidad de público de aproximadamente 200 mil espectadores.

Una característica especial de La insurrección es el hecho de que Peter Lilienthal la elaboró en terreno: durante la noche Antonio Skármeta escribía y Lilienthal filmaba durante el día. Aunque las ideas iban cambiando según la masa de información, se iban moviendo y llevándolas a diversas conclusiones porque en esos tiempos de revolución cada día había grandes noticias que iban modificando la historia y la situación política de Nicaragua.

Lo que no se modificaba era el sentido del filme y el mensaje no circunstancial que planeaban legar a la cinematografía latinoamericana, en el que se acaparaba hechos de enormes dimensiones, como refiere el escritor y dramaturgo Ariel Dorfman: «En La insurrección, el escritor chileno Antonio Skármeta encuentra por fin al protagonista que ha estado buscando toda su vida: un pueblo entero»; ese pueblo desposeído que el mismo Skármeta en la novela describe como un todo en una sola línea: «En un país en que el sesenta por ciento de las personas eran analfabetas, escribir una carta era considerado snob», y sus palabras no estaban ajenas a la realidad de la Nicaragua de aquella época.

Para escribir el argumento narrativo, Lilienthal se instaló en León, en el barrio Sutiaba, donde oyó muchas cosas que la gente le contaba y lo que habían vivido durante los horribles meses la insurrección entre 1978 y 1979. Estos testimonios lo impresionaron y marcaron su experiencia en su carrera como cineasta. Con esta obra hacía el intento de realizar una reproducción documental de lo que le habían contado, se introdujo en las historias y eligió León porque fue el primer pueblo aguerrido durante esta época.

Antonio Skármeta escribió sobre la inserción de ambos en la comunidad donde se filmaría la película, refiriéndose así al trabajo con Peter Lilienthal: «Nosotros hacemos films políticos. Films que conciernen a la historia latinoamericana, a masas. Trabajamos no como burócratas del cine o estrellitas, sino como compañeros».

El filme, tal como su título lo refiere, está ubicado en los últimos meses de la época de insurrección en Nicaragua, cuando el pueblo nicaragüense se lanzó a las armas para derrocar a la dictadura somocista. Es un homenaje al pueblo de León y cuenta la historia de Agustín Menor, un joven que pertenece a la Guardia Nacional, donde trabaja como técnico de comunicaciones. Su padre, sus vecinos y amigos del barrio luchan contra el gobierno para el que Agustín trabaja; e incluso su hermana Eugenia, a quien él estima mucho y a la que le paga sus estudios universitarios, abandona las clases porque se ha apuntado en la guerrilla y se encuentra clandestina en la lucha sandinista.

Agustín entra en conflicto con su padre porque no deserta de la Guardia, pero él ve su trabajo como eso: un trabajo, y solo es un técnico a quien han prometido que irá a Estados Unidos a hacer estudios profesionales en comunicaciones. Pero en sus salidas libres para visitar a la familia va descubriendo los horrores que hacen los soldados de la institución para la que trabaja. Se abren sus ojos y despierta cuando ve la realidad en la calle, que es distinta a lo que le enseñan en los cuarteles.

Una vez que se convence de desertar, su superior, el capital Flores —interpretado por el actor y cineasta costarricense Óscar Castillo— llega a buscarlo, ya que lo tiene sometido y manipulado, y al llegar a su barrio siembran el terror y amenazan con matar a unos ciudadanos a quienes han tomado al azar en las calles, si no vuelve a la Guardia. De esa manera Agustín vuelve y no deserta en ese momento, pero ya se ha desencantado y comienza a sentirse preso en la institución porque no tiene la libertad de elegir irse.

En la película puede apreciarse una representación muy realista de cómo eran aquellos meses entre 1978 y 1979 con las movilizaciones antisomocistas y las madres de los soldados de la Guardia Nacional que llegaban a los cuarteles a pedir que les dejaran ver a sus hijos, porque la institución —para no correr el riesgo de que sus soldados desertaran y debido a las emergencias de guerra en que se encontraban— había cancelado las visitas familiares y las salidas de esos soldados a casa de sus familias.

Se ve la situación vivida en los combates, la fabricación de armas caseras, las reuniones clandestinas, la forma de enviarse mensajes entre los vecinos ante los ojos de los soldados de la Guardia que no se enteraban de la viveza y organización del pueblo, el levantamiento de barricadas y la forma cómo se involucraban los niños, adolescentes y jóvenes en la lucha que se volvió poco a poco en una red de comunicación muy organizada, a la que se unían empresarios en huelgas nacionales, sacerdotes católicos, comerciantes ambulantes, amas de casa y estudiantes, entre otros.

Finalmente, Agustín logra desertar y gracias a varias estrategias logran quemar el cuartel de León, pero los guardias, para salir, toman como rehenes a una decena de vecinos a quienes habían detenido, entre los que se encontraba el padre de Agustín. Por último, llegan los jóvenes que se encontraban en las montañas y se unen a los combatientes urbanos hasta llegar al triunfo de la revolución sandinista. El final de la película se ilustra con imágenes reales tomadas el día del triunfo, cuando se encontraron en la Plaza de la República en julio de 1979, que no son muy diferentes a las tomas de ficción porque a lo largo del filme el director Peter Lilienthal había logrado imprimir realismo en todo el ámbito de la película: escenografías, vestuarios, lenguaje y fotografía.

Hoy, a 40 años del estreno de este filme, Nicaragua se encuentra en tiempos convulsos con presos políticos, desaparecidos, violación a los derechos humanos; hechos que evocan la «no ficción» de un largometraje de ficción que buscaba nada más que homenajear a un pueblo sufrido que había sido valiente y se había liberado a cuesta de sangre, hambre y llanto de aquella terrible dictadura.

FICHA TÉCNICA

Dirección: Peter Lilienthal. Argumento y guion: Antonio Skármeta. Género: Ficción. Duración: 95 minutos. Formato: Color, 35 mm. Idioma: Español. Fotografía: Michael Ballhaus. Intérpretes: Agustín Pereira, Carlos Catania, María Lourdes Centeno de Zelaya, Óscar Castillo, Guido Sáenz, Vicky Montero, Saida Mendieta Ruiz, Darwin Orlando Zelaya, Ignacio Pérez, Róger Barrios Sonido: Mario Jacob, Luis Fuentes. Producción: Provobis, V. Vietinghoff Film, Istmo Films, INCINE. Años de producción: 1979-1980. Año de publicación: 1980. Nacionalidad: Nicaragua, Alemania, Costa Rica.

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