El año de la muerte de Ricardo Reis


Carlos_ Perfil Casi literal

Sabio quien se contenta con el espectáculo del mundo

y al beber no recuerda

que ya bebió en la vida.

Ricardo Reis

Por momentos pareciera que no es sobre Ricardo Reis sobre quien habla este libro sino sobre la muerte, o más bien, sobre su muerte que aparece como un personaje y uno duda entonces sobre a quién atribuirle el papel principal si la pugna es por el anonimato. A pesar de que no se la mencione, sino en el título, pareciera que es la muerte quien en realidad puebla las páginas. Aunque su presencia solo se insinúe como la visita de un amigo, de un viejo conocido que acude para hablar sobre nuestras dudas más profundas, como un consejero. Se trata de un viejo amigo que demasiado nos conoce, a quien no podemos engañar. Y sin embargo, es por Ricardo Reis y no por la muerte que la novela se deja leer de una forma pacífica, como si su lectura representara más bien una costumbre, un acto habitual en el que el sutil placer de las páginas va pasando casi desapercibido, y queda en el fondo esa imagen hermosa de Ricardo Reis caminando por las calles, por las avenidas de Lisboa; circunspecto en sus modos, rígido en sus modales: la perfección milimétrica de sus palabras pareciera estar reflejada en esa intención de perfección del hábito con que Saramago lo retrata.

Y a la vuelta de las páginas, uno piensa que sí, que Ricardo Reis tuvo que haber tenido esa discreción vital. Que de no haberlo hecho, no habría podido decir “sabio quien se contenta con el espectáculo del mundo”, ni habría podido palpar la sabiduría de una forma tan concreta y simple. Pareciera que se trata de un hombre sin juventud, o más bien, sin adolescencia. Sin la rebeldía característica de quienes tomaron sus armas a favor de un ideal o en contra de un régimen. Su pasividad se refleja en una forma pacífica de rebeldía presente en el tono profundamente humano de su poesía.

El año de la muerte de Ricardo Reis es una novela para los amantes de Pessoa, y es por él, por el poeta, por quien llega uno al libro. Para quienes admiramos esa construcción tan sencilla y a la vez perfecta de sus palabras. Y justo como uno se lo imagina es como aparece retratado por Saramago. Un hombre que vive de forma tranquila pero digna su soledad. Su última soledad: la soledad de su muerte. Un hombre que a pesar de los años, piensa en el amor y en la poesía como una especie de fortaleza de personalidad. “Soy poeta”, diría disculpándose de su aparente formalidad excesiva. De su aparente distanciamiento con el mundo que, vertiginoso, lo rodea. Ricardo Reis se abstrae de ese vértigo, de la velocidad del movimiento. Soy poeta y puedo amar, aunque no lo parezca, existe una vitalidad y una pasión que desbordan por mis palabras mi existencia. Una pasión que no alcanza a contener una única vida que es la que por ventura o desventura tenemos. De ahí la necesidad de reinventarse, de nombrarse de otras formas, de vivir otras vidas en el espacio temporal que una sola vida nos ocupa y que es, al final, la definición más sencilla de la literatura.

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