La caridad descartable


Por ANGÉLICA QUIÑONEZ | TINTA BLANCA

En Guatemala, la enfermedad hereditaria más prevalente es la amnesia.


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Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal.jpgLa teoría generacional de Strauss-Howe popularizó un modelo cíclico de clasificación para las generaciones occidentales que, como cualquier exitoso modelo sociológico o análisis histórico, poco tardó en llegar a las revistas de hogar y libros de autoayuda. Estoy hablando del sistema que nos obliga a llamarnos Baby Boomers, Gen X, o Millennials, pero que en realidad —como descubrí en una repentina e innecesariamente intensiva investigación para este artículo— define los parámetros de las generaciones desde el siglo XV. Aunado a las tendencias de moda, arte y cultura popular, más una perspectiva crítica y objetiva, el modelo Strauss-Howe sigue siendo muy confiable para interpretar la historia.

En poquísimas palabras, una generación está definida por cuatro etapas: Cumbre, Despertar, Desengaño y Crisis. Por ejemplo, la llamada G.I. Generation —o Greatest Generation si le preguntan a un gringo— estuvo marcada por grandes avances en comunicaciones como el teléfono o el radio (Cumbre). Sus integrantes respondieron al llamado patriótico de ambas Guerras Mundiales (Despertar), pero también fueron testigos de los horrores del Holocausto y la bomba atómica (Desengaño), y fueron partícipes de la creciente desigualdad económica y la Guerra Fría (Crisis). Tiene sentido que acudamos a la historia para examinar la mentalidad de sus testigos y propulsores, pero el fenómeno de Strauss-Howe tiene una adaptación muy extraña —y no tipificada— en Guatemala. Simplemente no sabemos lidiar con el pasado y sus orwellianas implicaciones en el presente y futuro.

Alfonso Guido escribió recientemente sobre cómo el altruismo digital es un tierno pero inútil empeño para transformar el futuro. Me gustaría agregar que la mentalidad que promueve iniciativas como Change.org o esos cultos adolescentes de techeros y payasos-médicos se origina en una perspectiva desinformada sobre la realidad social que tiene como consecuencia una interpretación sentimental. He usado demasiadas sílabas para decir que en Guatemala no leemos historia pero nos gusta portarnos cursis.

El pasado domingo 3 de junio, la tragedia del volcán de Fuego cobró cientos de víctimas. Internacionalmente se ha comentado la bochornosa manera en que las autoridades gubernamentales han fracasado para preservar el orden y trasladar el apoyo humanitario, pero localmente el tema se ha vuelto una especie de celebración para la «caridad de los guatemaltecos y su inquebrantable fraternidad». No vengo a pronunciarme en contra de quienes han realizado rescates, donaciones y voluntariados, pero sí me parece curiosa la manera en que otros han aprovechado la tragedia para redactar publicaciones lastimeras y/o divulgar imágenes impactantes —y hasta falsas, como los supuestos hermanitos reencontrados— que alimenten ese espejismo de repentino altruismo cristiano.

En 2015, la tragedia en boga era el deslave de Cambray II y la respuesta fue muy similar a la actual, pero tres años después no veo a mis contemporáneos atormentados por recordar el deslave o acaso cuestionar si el gobierno finalizó o no la construcción del proyecto habitacional Mi querida familia. O bien, si hablamos del panorama político, ¿cuándo fue la última vez que alguien les recordó en redes sociales el aniversario del Jueves Negro? ¿Quién puede decirnos la fecha de la masacre en Dos Erres? ¿Para qué nos convocamos en el #27A?

En Guatemala, la enfermedad hereditaria más prevalente es la amnesia. Nos encantan las pequeñas causas para ser más patrióticos o caritativos de vez en cuando: sirven de catarsis para las dificultadas más ladinas o clasemedieras. El proceso es tan fácil como compartir un dibujo de un quetzal y un águila mexicana llorando abrazados, o poner una frase como «Guate, cómo me dueles». Sin embargo, poco nos sirve esta pantomima si no estamos observando un plan de reconstrucción a largo plazo, o al menos, una enmienda en nuestras actitudes racistas y clasistas. Idealmente deberíamos enfocarnos en formar comunidades seguras y un sistema igualitario, o bien, indagar por qué de tanto en tanto surgen esos famosos bloqueos con grupos de personas del interior. Quizá nuestra generación no está del todo lista para despertarse, ¿o será acaso que en el fondo se rehúsa al desengaño?

¿Quién es Angélica Quiñonez?


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