Aunque nada perdure y las vidas reescritas en piedra_ Casi literal

Aunque nada perdure (y las vidas reescritas en piedra)


Por ALFONSO GUIDO | LA TUBERCULOSIS DE KAFKA

«Para los nicaragüenses, paisanos adoptivos de Edith Grön, sus esculturas fueron mucho más que monumentos de piedra o bronce. A la larga también fueron una silenciosa clase de historia y el legado de una mujer que sobrevive en su obra a pesar de la amnesia colectiva de un país que siempre la tuvo allí pero nunca la reconoció».


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Alfonso Guido_ Perfil Casi literalAun cuando nada perdure, la forma más infalible de trascender en el tiempo es por medio de la literatura, y qué mejor que como personaje literario cuyo perfil puede quedar mucho más completo que una fotografía.

Como los hombres y mujeres de fe que en los Evangelios encontraron a Jesucristo, a mí una novela de Bolaño me reveló quién fue Mariana Callejas y una de Vargas Llosa quiénes fueron Patria, Minerva y María Teresa Mirabal. Asimismo, uno de los más hermosos poemas de Borges me presentó a Robert Browning y un ensayo de T. S. Eliot me presentó a Dante más allá de la Divina comedia. La experiencia de descubrir o redescubrir personajes reales por la vía literaria es uno de mis mayores placeres como lector y hace un par de meses me lo concedió José Adiak Montoya, narrador nicaragüense que inmortalizó a la escultora danesa Edith Grøn en la novela Aunque nada perdure (Seix Barral, 2020).

La novela nos presenta a Edith durante los tres o cuatro sucesos más importantes de su vida: desde la migración desde Dinamarca a principios de la década de 1930 de la mano de sus padres hacia una tierra prometida que resultó siendo puro humo, hasta su último retorno a Nicaragua en 1989. Tanto en la ficción como en la realidad, Nicaragua fue ese país donde ella vivió prácticamente toda su vida y que hizo suyo por elección ajena, aunque en la novela da la impresión de que nunca dejó de ser extraño para ella; y viceversa.

De hecho, la novela sugiere a una Edith Grøn exenta de nacionalismos banales y cualquier tipo de hipocresía patriótica propia o adoptada; una mujer apolítica a pesar de permanecer en Nicaragua durante los acontecimientos coyunturales más trascendentales de su historia en el siglo XX. Edith nunca llegó a amar —o al menos no con ese verbo— al país donde vivió toda su vida, pero eso tampoco habría por qué achacársele.

Para Edith Grøn la única patria concebible era el entorno y la sangre, por lo que no necesitaba abarcar demasiado: su casa en el Barrio Montoya de Managua, el restaurante Casa Dinamarca propiedad de su familia, la finca de su padre en Nagarote donde empezó a jugar con el barro y hasta el parque Las Piedrecitas, cerca de donde casi pierde la vida siendo una adolescente. Además tenía a sus padres, su hermano y, más adelante, a su cuñada y sus sobrinas. Con esto bastaba y sobraba, pues hasta los dos hombres que llegaron también se fueron sin que ella lo lamentase demasiado. En cierto modo, Nicaragua, Dinamarca y cualquier país del mundo son ajenos a ese tipo de autonomías de amor que no son para demostrarse, justificarse y ni siquiera explicarse. «No tengo más patria que tu corazón», canta Hernaldo Zúñiga.

Sin embargo, apátrida o no, fue en Nicaragua donde Edith Grøn se consolidó como artista, completamente alejada de los reflectores del primer mundo. Me la imagino —objetivamente y sin ningún tipo de malicia— como una escultora promedio pero sin llegar a ser mediocre, con un pie sobre el empirismo y el otro sobre el academicismo, pero a fin de cuentas sin ningún tipo de cabida en las exposiciones vanguardistas y hasta elitistas que se popularizaron en su época de mayor auge.

Acaso la infinidad de bustos de Rubén Darío que le fueron encargados por toda la dinastía Somoza para regalar a otros países y sus esculturas realistas de héroes que nadie conoció fuera de Nicaragua ya eran muy anticuados para la idea de arte que se originó, divulgó y banalizó a lo largo del siglo XX.

Irónicamente, a pesar de contar con preparación artística en la Ciudad de México y en Nueva York, creo que Edith nunca llegó a exponer su obra en Europa. De hecho, algo que José Adiak nunca menciona en la novela pero que traté de descubrir en cada página —sobre todo por ese sentido de enajenación que la acompañó a lo largo de su vida— fue si alguna vez regresó aunque fuera de vacaciones a la ciudad, el país o siquiera el continente que la vio nacer.

No obstante, para conocer a Edith Grøn no hace falta más que leer Aunque nada perdure porque es una novela que, sin recorrer cada rincón de su vida, retrata a cabalidad todo lo que hay que saber. Para nosotros los nicaragüenses, paisanos adoptivos de Edith, sus esculturas fueron mucho más que monumentos de piedra o bronce. A la larga también fueron una silenciosa clase de historia y el legado de una mujer que sobrevive en su obra a pesar de la amnesia colectiva de un país que siempre la tuvo allí pero nunca la reconoció.

Mi vecindario de infancia en Managua está ubicado al oeste de la ciudad, no muy alejado del parque Las Piedrecitas. De ese parque aún recuerdo las excursiones que hice de chavalo con otros chateles de mi cuadra, los encuentros clandestinos de mi prima con su novio del colegio y la imponente escultura de un indio náhuatl que poco o nada se parecía a los indios nativos americanos que yo veía en las caricaturas de la Warner Bros. Inmediatamente después de terminar la novela de José Adiak le escribí a uno de mis amigos de aquellas excursiones, preguntándole si se acordaba de la escultura del indio. Le dije que se trataba del cacique Diriangén y que si sabía que la había esculpido Edith Grøn. Él me preguntó que cuál indio y que cuál Edith Bron.

Quizá Diriangén podrá pasar desapercibido para algunos, pero no creo que algún nicaragüense esté tan perdido en historia nacional como para desconocer la historia —real o inventada— del héroe —real o inventado— Andrés Castro. Podría asegurar que todos los que alguna vez estudiamos la escuela primaria en los noventas vimos en algún libro o pegada en una pared del aula la famosa ilustración que muestra a un hombre fornido y de pecho desnudo —aunque con cara de chavalito, eso sí— derribando a un filibustero de una pedrada.

Aún recuerdo la fascinación que me provocó aquella historia y, como era de suponerse, me la creí enterita del mismo modo como el sistema y los vencedores de turno siempre nos han alienado desde que éramos niños con muchas otras historias oficiales que contradicen las anteriores (algo eternamente común en Nicaragua). Pues bien, la novela de José Adiak también se inventa la concepción de una escultura de Andrés Castro que Edith Grøn creó y que incluso adornó con las famosas piedras que le lazó a los filibusteros. Con tanto héroe nacional verdadero e inventado que hay en Nicaragua ojalá ella hubiera tenido el tiempo de crear en mármol o bronce a la jovencita Rafaela Herrera con un cañón, a Sandino con un rifle o al mismo Carlos Fonseca Amador, mártir de la revolución sandinista que en la novela de José Adiak aparece sin más relevancia que la necesaria, desempeñando un rol insospechado, al menos para mí: el de bibliotecario escolar del Instituto Ramírez Goyena.

A pesar de su relevancia histórica, Fonseca Amador cumple en la obra de José Adiak la misma función que cumple un esperpento para una obra de Valle Inclán; sin embargo, sin haberle visto nunca la cara a la escultora danesa (o al menos eso es lo que se logra entender en la novela), él fue el autor intelectual de aquella misma escultura de Andrés Castro, acaso una de las obras más famosas de Edith.

Sobre este punto es de aplaudir la distancia casual o intencional que José Adiak mantuvo entre ambos personajes. En las ficciones históricas latinoamericanas, para bien o para mal, la invención de encuentros históricos y situaciones extraordinarias al punto de la inverosimilitud suele ser un vicio del que a veces suelen abusar hasta maestros del subgénero como Roberto Bolaño o el mismo Sergio Ramírez, cuya influencia, sin duda, ha estado presente en las dos novelas que he leído de José Adiak hasta ahora.

Esto no sucede en Aunque nada perdure, que más bien muestra a Carlos Fonseca de una forma muy diferente a la del líder reaccionario que yo hubiera imaginado. Haciendo la salvedad de que su presencia transcurre en una época anterior al movimiento revolucionario sandinista, al encontrárselo en esta novela es inevitable preguntarse qué habría sido de él de haber sobrevivido al triunfo de la Revolución. ¿Hubiera sido un zángano como lo llegarían a ser todos sus compinches? Quién sabe. Por la Historia ya sabemos de sobra que el poder es capaz de convertir en déspota hasta a Dios.

Para terminar quiero destacar muchas de las reflexiones del narrador acerca de Nicaragua, la ausencia, la enajenación y la guerra cuyos mártires Edith nunca llegó a esculpir, pero que, intencionalmente o no, en la historia contada por José Adiak están presentes en las horas muertas de su eterno retorno desde el aeropuerto Juan Santamaría en Alajuela al de Las Mercedes en Managua. Héroes de generaciones anteriores a la mía, como la de mis padres, en una época de escasez, abandono e incertidumbre, cuando los varones adolescentes tenían que huir del país para no ser reclutados por el ejército sandinista. «¿Quién a esa edad quiere volver a un país del que, justamente, a esa edad se escapa para no morir entre el lodo y el hambre en las fronteras, defendiendo una revolución que solo devuelve héroes muertos?», se lee en alguna parte de la novela.

Pero también hablo de la generación de la cual yo fui parte, de quienes fuimos niños durante la década de 1990 cuando la guerra ya había terminado, de cuando en los barrios de Nicaragua aún se jugaba béisbol o handball en la calle, de los últimos que vimos o fuimos parte del chavalero que jugaba en la calle o nos sentamos en mecedoras en las aceras o en los porches… Esa misma generación de José Adiak y de tantos otros que también nos fuimos, pero también de los que se quedaron; de todos nosotros, quienes tenemos en común desconocer a personas como Edith Grøn a no ser que vengan novelas como Aunque nada perdure a presentárnosla.

Pues bien, casi al final de ese eterno retorno de Edith a Nicaragua en 1989, José Adiak retrata magistralmente a toda nuestra generación en esta lúcida sentencia:

Los niños de los noventa crecerían con miedo, con los prejuicios heredados de sus padres; unos niños no se juntarían con otros porque sus padres habían luchado en uno u otro bando; los niños de los noventa no recordarían el sonido de las balas pero crecerían en el odio oculto, en un país incapaz de reconciliarse.

Solo este fragmento podría ser el germen de otra novela sobre Nicaragua.

Aunque nada perdure

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