Hebe Uhart: mujer que escucha, mira y no se empalaga


Por LEONEL GONZÁLEZ DE LEÓN | PASEO NOCTURNO

De Borges, Hebe Uhart contaba que cuando era joven se lo encontró en una calle de Buenos Aires y, al abordarlo, se aburrió al ver que debido a su ceguera él le hablaba al aire.


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Leonel González De León_ Perfil Casi literalHebe Uhart, escritora argentina, murió hace unos días. Nació en 1936 en Moreno, cerca de Buenos Aires, y se dedicó primero al estudio y luego a la docencia de la filosofía durante más de veinte años, aunque su oficio de toda la vida fue la jardinería. Publicó su primer libro Dios, San Pedro y las almas en 1962. Siguió publicando en editoriales pequeñas por cuarenta años en los que fue una autora oculta hasta que en 2003 los grandes grupos la hicieron visible: Adriana Hidalgo editó sus libros de viajes y Alfaguara sus cuentos reunidos.  Siempre se sintió más docente que escritora y de ahí devino en tallerista literaria, rompiendo el mito al insistir en que «no hay escritores: hay personas que escriben».

Consideraba la capacidad de escuchar como un requisito previo a la escritura y siempre se mostró atraída por la oralidad, sobre todo la de las voces marginales que existen en contextos rurales, ajena a la pompa porteña que preside la literatura argentina. De Borges contaba que cuando era joven se lo encontró en una calle de Buenos Aires y, al abordarlo, se aburrió al ver que debido a su ceguera él le hablaba al aire.

Siempre estuvo enamorada de la América Latina, tanto en lo literario como en lo antropológico. De ahí que, lejos de los cánones, basara sus talleres en textos de Rubem Fonseca, Felisberto Hernández, Luis Loayza o Alfredo Bryce Echenique, pero también de Flannery O’Connor e Isak Dinesen. Luego, agotada de escribir ficción, se dedicó a escribir libros de viajes. Para ellos evitaba las grandes ciudades y prefería concentrarse en los pueblos del interior del continente, «mirando los grafitis, las plazas, yendo al café, preguntándole cosas a alguien», porque en esos contextos podía conversar mucho más. Se interesó en los pueblos originarios y en la potencia de su habla cuando está menos permeada del castellano, como pasa con el idioma guaraní en Paraguay o con los pueblos wichi o los qom en el Chaco argentino. Decía que «El viaje te hace descubrir cosas que en la vida hubieras pensado. (…) Descubrís seres, conductas, lo que fuera, que no hubieras inventado».

Sus cuentos abordan lo banal del día a día, evitando la épica y los temas trascendentales. Prefería contemplar las minucias cotidianas. Tampoco abogaba por escribir todos los días ni a la misma hora; en cambio, sugería hacerlo basado en el estado de ánimo ―para que el resultado tuviera un tono y una mirada homogéneos― y recomendaba no empalagarse con palabras rebuscadas que no tuvieran cabida en el lenguaje oral y que solo demeritan el texto.

Por momentos, Hebe recuerda a Clarice Lispector, otra infaltable entre sus favoritas. Buscaba imitar a la brasileña recomendando «ver un poco más allá de lo que realmente vemos. (…) Los pequeños detalles nos dan una nueva idea del mundo». Dice Uhart en «El budín esponjoso»: «uno sentía que todos los procesos de masticación, deglución, etc., eran perfectos».

«Guiando la hiedra» es, quizás, su relato más famoso. La historia abunda en detalles que revelan un mundo en apariencia pequeño pero muy profundo. El cuento arranca cuando la narradora, jardinera igual que Hebe, dice en voz baja: «Aquí estoy acomodando las plantas», pero de a poco va revelando algo más: «[las plantas] son diferentes de las personas: algunas personas, con una base mezquina, adquieren unas frondosidades que impiden percibir su real tamaño; otras, de gran corazón y capacidad, quedan aplastadas y confundidas por el peso de la vida».

En el mismo cuento pone distancia con los narradores que escribían las novelas épicas o experimentales en la segunda mitad del siglo pasado, mientras que ella se dedicaba a sus temas menos relevantes: «Me gustaría que viniera alguien para que me encontrara así, a la mañana. Pero todos están haciendo otros trabajos distintos, tal vez sufran o renieguen o se engripen; no importa, eso pasa y en algún momento tendrán alguna felicidad como ésta mía».

Ajena al prestigio y al reconocimiento que le llegaron por casualidad en los últimos años, consideraba que lo indispensable es «aprender a mirar. Cada persona mira y escucha cosas distintas y el desafío está en encontrar la propia voz». Decía que la insensatez de las tramas viene de creer que la literatura se ubica en algún lugar superior y su postura se resume en estas palabras de una entrevista: «¿Quién es mi lector? No sé. Yo no escribo para el exterior, tengo algo traducido, pero el mundo del exterior no lo concibo. Mi lector es una persona del país o, si pueden entenderme, de América latina».

[Foto de portada: Rafael Calviño]

¿Quién es Leonel González De León?

 

 


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