¿Tu país puede romperte el corazón?


Corina Rueda Borrero_ Perfil Casi literalPanamá es un país que se caracteriza por su nacionalismo arraigado. Hay una tendencia a veces irracional de enorgullecerse por pequeñeces porque por mucho tiempo fuimos los segundos, los ninguneados y el patio trasero de lo que otros quisieron hacer o deshacer en nuestro territorio. Por eso desde niños nos enseñan que debemos hinchar el pecho por este pequeño Istmo y, por lo tanto, defenderlo a toda costa sin importar que no somos el Hub de las Américas, sino el de la corrupción mundial luego de los Panamá Papers; o sin importar que exhibamos un Canal del cual pusimos el cuerpo y la sangre, pero cuyos beneficios se quedan en las cúpulas económicas.

Al final —nos cueste admitirlo o no— este nacionalismo barato es un cascarón como los edificios de rodean la ciudad. Lo sabemos, es un secreto a voces: «Panamá son tantas cosas chuecas».

Traigo todo esto a colación porque nos cuesta desmontar esta construcción de país que, según creemos, tenemos el deber de proteger porque eso es lo que nos han enseñado, pero la indignación que siento es tan grande que ya no me quedan energías ni razones para enorgullecerme. ¿Por qué debemos defender la imagen idílica de un país que no nos representa y que tampoco respeta nuestra dignidad? ¿Por qué debemos tapar el sol con un dedo? ¿Por qué debemos esconder tras una sonrisa esta vergüenza que sentimos por habitar un país que nos quiere ver muertos? Lastimosamente nuestro país nos ha decepcionado en todas las formas posibles. No solo nuestros gobiernos, sino también todo el sistema y la indiferencia que le rodea. El caso del SENNIAF (Secretaría Nacional de la Niñez, Adolescencia y Familia) y su complicidad en los abusos y torturas que sufrían niñxs y adolescentes en albergues bajo su supervisión es la gota que derramó el vaso. Dar comida de perro, suspender medicamentos por rezos, violar sistemáticamente a menores, obligar a niñas tanto a parir como a abortar. ¿Cómo es posible que esto ocurriese quinquenio tras quinquenio con absoluta impunidad y cuidándoles la espalda a oenegés que solo son la careta de lo que podrían ser redes criminales?

Siempre había escuchado que la realidad superaba la ficción pero esto la supera en todas las formas posibles. Por eso traigo el título de la columna del día de hoy, y es que ¿es posible que tu país te rompa el corazón? Más que rabia, ese dolor que me hace sentir agotada es una tristeza profunda, pero quisiera pensar que también es colectiva y que ustedes que leen esto también saben del dolor que les estoy hablando. Por ejemplo, puedo verme a mí misma hace unos días en una de las protestas sin poder gritar, con un nudo en la garganta, agotada emocionalmente porque no comprendo cómo es posible que las vidas de niños no valgan nada para los ojos del Estado. Y es que palabra indignación se queda corta a todo lo que me ocurre por dentro.

Siento vergüenza de vivir en un país donde se traten a niños como objetos descartables: sin derechos y sin voz. Me da asco que todos los gobiernos se laven las manos por lo ocurrido y que hayan encubierto esta situación, que hayan despedido a quienes denunciaban desde adentro, que amenacen a quienes han sacado todo esto a la luz. Pero sobre todas las cosas, tengo dolor de que esto no sea motivo suficiente para que todo el país esté en la calle desbaratando todo y exigiendo la renuncia de ministros y del mismo presidente.

Esta indiferencia ha cavado la misma tumba en la cual entierro la imagen del país de donde nos hicieron creer que éramos. Por mucho tiempo pensé que éramos grandes por más que fuésemos un país chico con poco más de cuatro millones de personas. Si logramos recuperar el Canal, ¿por qué no podríamos superarnos día a día para ser ese lugar que los niños y niñas se merecen? Pero hoy siento tristeza y la analogía más cercana que encuentro es un corazón roto porque no hay razones que me hagan sentir que la sangre de nuestros mártires merezcan el circo en el que vivimos. No somos ni de cerca nada de lo que aspiramos a ser, sino más bien escombros, una sociedad basada en el consumo y la banalización. Somos lo que queda de un país que nos prefiere muertos y abandonados y que le da la espalda a los más vulnerables.

Sé que usualmente suelo ser optimista en esta columna, que dentro de toda mi crítica siempre hay una luz, aunque sea anárquica o utópica, pero hoy me cuesta porque tengo el corazón roto. Hoy solo quiero saber «cómo se sana esta mancha que nos compone», parafraseando un poco las palabras de Angélica García Azofeifa.

Talvez la respuesta esté en lo que tantas veces he hecho antes cuando en otros ámbitos me han roto el corazón: negarme a que soy —o que somos, en este caso— sinónimo del abandono y que hasta una patada en el culo nos puede empujar hacia adelante. O como diría la gran poeta Consuelo Tomás en su poema «Habrá que recoger el corazón», con palabras más bondadosas: talvez «lo que no hay que hacer/ bajo ningún motivo/ es olvidar/ envejecer/ y rendirse».

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