Educación: un asunto de mercachifles

Leo

Si un estudiante sale mal preparado o reprueba alguna asignatura, la responsabilidad inmediata recae en el docente; pero si el estudiante brilla por alguna cualidad excepcional, los créditos se los termina llevando la institución educativa y el maestro pasa completamente desapercibido. Para el público que está fuera del negocio de la educación es muy fácil señalar al catedrático y hacer que llueva sobre él todas las pestes habidas y por haber: que tienen mala formación, que solo se dedica a perder el tiempo, que se hunde en el mayor de los conformismos, y así, la lista podría extenderse hasta el infinito. Quizá la opinión pública tenga en parte algo de razón, pero en realidad son pocos aquellos que ven el problema en toda su extensión y mucho menos comprenden que el maestro de hoy en día es un reflejo de lo que el mismo negocio educativo, disfrazado de sistema, ha ido produciendo.

Como en la gran mayoría de países, la educación en Guatemala se divide en dos sectores: el público y el privado. El sector público ―devorado ya casi en su totalidad por políticas neoliberales que se ensañan cada día más en su contra para poder privatizarlo― termina convertido en una especie de enfermo terminal que se dedica a vegetar y parasitar al servicio de una población que vive en condiciones paupérrimas. Y si las políticas de privatización no han tenido un éxito total es porque los políticos de turno ―que representan los intereses de las clases privilegiadas― todavía no han logrado encontrar la excusa perfecta para ir en contra del principio de educación gratuita y obligatoria que debe proporcionar el Estado, establecido en la Constitución de la República. Si de ellos dependiera, y si no se echaran en contra a las instituciones internacionales que velan por el derecho de la educación, estos buitres hubieran terminado de despellejar ya los residuos maltrechos que quedan de ella.

Para una creciente clase media que vive en la ilusión de la prosperidad se ha creado la educación privada, aquella que puede ser pagada por el trabajador. No digo yo que esta se tenga que menospreciar, sin embargo, todavía hay en el tema demasiada tela que cortar. Para empezar, ya dentro de la educación privada hay toda una gama de posibilidades que se ajusta al bolsillo de cada padre de familia, desde los colegios garajes, que se crean casi por generación espontánea, hasta aquellas instituciones bien equipadas y con impecables instalaciones que despliegan una amplia labor de marketing pero que al final terminan convertidas en cloacas donde se lava toda la ropa sucia y donde el maestro queda convertido en niñero o sirviente de las criaturas que están a su cargo. A final de cuentas, como ocurre en cualquier sociedad pseudo capitalista, la educación también es una cuestión de estatus. Así, si mi vecino compró un Mercedes Benz del año, sin duda no me querré quedar atrás; o estaré pendiente de adquirir el teléfono celular más moderno, motivado tan solo por el mórbido placer de ver dibujada la envidia en su cara. Al final de cuentas, los hijos terminan siendo cosas para lucir, así que, si tú pones a tu hijo en tal colegio, yo lo pongo en tal otro con mayor prestigio. Es así como la competencia se hace cada vez más voraz y los hijos pasan a convertirse en medallas que simbolizan el éxito de sus padres.

Imagínense ustedes el papel que juega el maestro en este sistema que ha perdido descaradamente sus valores éticos. Dejó de ser un referente respetable para los estudiantes y se convirtió en un obrero, lo cual no tendría nada de malo si realizara su trabajo en condiciones dignas. Pero no, el maestro sustituye al niñero, a la empleada doméstica y tiene que soportar los caprichos y vejámenes de las «criaturas» consentidas. Como sabe que los padres pagan para que lo soporten, se creen con el derecho de humillarlos y de tratarlos como se les venga en gana. Saben que ellos nunca perderán, y no me refiero solo al grado escolar, que al final de cuentas, estaremos todos de acuerdo con que una nota no mide el aprendizaje de un estudiante. Resulta que los niños, desde muy pequeños, han aprendido de sus padres y del mismo sistema su posición privilegiada, la han internalizado perfectamente y la ejercen de manera despótica. Al maestro no le queda otro remedio que bajar la cabeza y evitar, en la medida de lo posible, la pérdida de su empleo.

Talvez esta imagen vivida por experiencia propia en mis años de docente en uno de los colegios más prestigiosos de esta ciudad ―el Decroly Americano, y no tengo ningún reparo para decir su nombre con todas sus letras― sirva de ejemplo para retratar esta realidad: había sido contratado para impartir el curso de Literatura Universal en las cuatro secciones de cuarto bachillerato. La paga era buena y tendría suficientes períodos libres como para poder preparar mi clase y ofrecer una educación que cumpliera con las expectativas deseadas.

Pero de nada sirvió todo eso. No me podían ver libre durante algún período porque los coordinadores buscaban en qué ocuparme, ya sea cubriendo otra clase o haciendo algún trabajo administrativo. Si bien no era un tiempo que podía utilizar para preparar mis clases, tampoco lo usaba para calificar. Más de algo buscaban los coordinadores para que estuviera ocupado siempre. La directora nos había advertido desde el principio que supervisaría la manera como dábamos las clases. Esto no me intimidó porque estoy muy seguro de lo que imparto, y como dicen por ahí, el que nada debe, nada teme.

Por fin llegó el día en que se fue a parar a la ventana con una rigidez sepulcral. Sin inmutarme seguí hablando de la mitología griega, un tema que además me fascina, mientras que los estudiantes oían embebidos mi clase. Verdaderamente interesada, una de las estudiantes me hizo una pregunta que le respondí de forma espontánea. Entonces fue cuando la urraca interrumpió de manera brusca la clase para preguntarme si yo no les había enseñado a los estudiantes que debían levantar la mano si querían preguntar. Y luego tenía que cuidar recreos y ver que los estudiantes no anduvieran con las camisas de fuera.

El día del examen hice una evaluación bastante elaborada, con tablas de especificaciones. No tuve reparo en hacerla porque entiendo que la evaluación es una parte importante del proceso. Tuve además la suerte de no repetirla hasta cuatro veces, como pasó con algunos de mis compañeros docentes, pues el coordinador nunca quedaba conforme. Lo realmente decepcionante fue que la mayoría de los estudiantes perdieran la asignatura, y no por deficiencias mías ni porque ellos fueran tontos, sino porque simplemente se ponían de acuerdo para no hacer tareas y gran parte de la puntuación de zona recaía en los trabajos realizados en casa (y que conste que eso no era regla mía, sino de la institución).

Intentaron hacer una curva estadística, pero había estudiantes que sacaron notas sobresalientes así que muy pocos se salvaron, hasta que abiertamente y sin pudores me dijeron que tenía que subirle 40 puntos a todos los que habían perdido. Como me negué, ustedes podrán imaginar lo que pasó.

¿Quién es Leo De Soulas?

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Erick Amezquita dice:

    Muy cierto en lo expuesto felicitaciones

    1. Leo De Soulas dice:

      Gracias, Erick, por tomarte el tiempo para leerlo.

  2. Es un gusto saludarte por esta vía, Leo. Voy a comentar algunos de los problemas que has mencionado con ejemplos, y nada más.

    1) Tenía yo unos 17 años cuando mi tío Miguel Ángel Coronado, quien era profesor del curso de Artes Industriales, y que luego de enseñarme el oficio de la serigrafía y rudimentos de carpintería, me pidió que lo acompañara al taller de serigrafía que impartiría, como parte de su curso, en dos de las instituciones en las que enseñaba: la Escuela Normal para Varones y el Colegio Suizo Americano. La institución pública fue la primera que visité. Mi tío les entregaba un equipo mínimo de serigrafía, con unos pequeños marcos para impresión serigráfica, son seda y película (que yo fabriqué, luego de que él me enseñara a hacerlo en su taller), además de una cuchilla, una espátula y pintura, todo fabricado artesanalmente. Mi tío, y no hay nada malo en decirlo, vendía estos equipos a sus alumnos. Sin embargo, el precio era en aquellos días muy bajo desde la perspectiva actual. No pude dejar de observar cómo con un gran esfuerzo, los muchachos de la Normal reunían el dinero y hasta “ajustaban” en clase, prestándose unos a otros la plata, aunque la actividad había sido programada. Luego, sacaron las camisetas viejas que mi tío les había solicitado, para que sobre ellas se hiciera la prueba. Todos se aplicaron con entusiasmo a aprender y disfrutaron y aprovecharon la lección. No me cabe duda de que alguno de ellos pudo haber llegado a dedicarse a este bonito oficio. Más tarde, ese día, lo acompañé al colegio privado. Los estudiantes eran desordenados, ruidosos, le restaban importancia al asunto. Pero la imagen y las palabras que no se borran de mi mente son estas. Uno de los estudiantes se despojó de una camisa polo de marca fina, y su compañero, al verlo, le dijo: “¿Vas a manchar esa camisa?”, a lo que el otro respondió: “¡Acaso soy pobre, pues!”. (No añado nada más, sean estos unos puntos suspensivos).

    2) En 1987, luego de que obtuviese mi Diploma de la Lengua en Alianza Francesa de Guatemala, donde estudié tres años con media beca para obtenerlo, el director de entonces me envió al Liceo Francés, el famoso colegio para señoritas. Se me asignaron dos secciones de segundo año del ciclo básico. En cada una de aquellas pequeñas mazmorras había 40 estudiantes (¿condiciones pedagógicas?). Llegué muy entusiasmado, con mi método Orange de francés para adolescentes, una grabadora, mis casetes, fotocopias y demás. Después de unos días, la directora (ni recuerdo su nombre) me llamó al patio y me dijo: “Mire, no se esfuerce tanto. Solo enséñeles palabritas, qué significa esto, qué significa aquello; listas de palabras”. Desobedecí la orden. Al final del ciclo escolar, llegó una nota del Liceo Francés a la Alianza Francesa en la que se indicaba que ya no iban a requerir mis servicios en 1988, lo que me llevó finalmente a trabajar en la educación rural para el Ministerio de Educación con la Cooperación Técnica y Científica de la Embajada de Francia en 1989. Pero esa es otra historia. Unos años más tarde, caminaba (vagaba) por el Peri Roosevelt, zona 11, cuando escuché una voz que me llamaba: “¡Profe, profe!”. Era una de mis alumnas del Liceo Francés. Me contó con mucha alegría que mis clases la habían motivado tanto que había decidido seguir estudiando francés en la Alianza. Con el tiempo, ganó una beca que la llevó al París que yo siempre quise visitar y nunca pude conocer. Sentí que aquello había valido la pena y me fui de allí con una gran sonrisa.

    Anécdota de bonificación. Cuando hice mi práctica docente para graduarme como profesor de Lengua y Literatura, las coincidencias me llevaron a un colegito de la zona 2. Mi primera clase fue la presentación de la entonces reciente película “La Sociedad de los Poetas Muertos”. Impartí el curso de Literatura Guatemalteca y, al final del año, mis estudiantes, que eran apenas unos 15, terminaron escribiendo poesía y sus reflexiones como prueba final.

    En fin, no me gusta tomar partido en problemas sociales y educativos, cuya solución no me pertenece ni está en mis manos. Pero sí quise dar estos ejemplos que creo que ilustran muy bien algunos de los puntos a los cuales te has referido en esta interesante columna. ¡Saludos! JSC

  3. Leo De Soulas dice:

    Estimado Ediciones del Jazmín, a pesar de los problemas que tienen los maestros, a mí no me queda duda de que es una de las profesiones más bellas y que cada maestro guarda un tesoro de experiencias gratas. Gracias por compartirme las tuyas.

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