30 años de la película nicaragüense El espectro de la guerra


Por KARLY GAITÁN MORALES | LA VENTANA DISCRETA

El espectro de la guerra, filme del cineasta, escritor y pintor Ramiro Lacayo Deshón, es el último largometraje de ficción producido por el Instituto Nicaragüense de Cine (INCINE) en la «época de oro» del cine de Nicaragua.


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Karly Gaitán Morales_ perfil Casi literalEl espectro de la guerra, filme del cineasta, escritor y pintor Ramiro Lacayo Deshón, es el último largometraje de ficción producido por el Instituto Nicaragüense de Cine (INCINE) en la «época de oro» del cine de este país y el último filmado en formato de 35 milímetros y a color, por lo que se ha ubicado como una producción que ha hecho historia y que marca el momento cúspide de la historia del cine en Nicaragua.

Rodada en 1988 y estrenada el 18 de abril de 1989 en el cine Tetel de Managua, esta película se posiciona en su propia época, ubicada en la frontera de la ruina e inmediata caída de la Revolución Popular Sandinista, revolución que fue nombrada en original por sus dirigentes con toda pompa con iniciales mayúsculas. Lo «pomposo» de lo que fue toda una época se sostuvo en la crème —como lo demostró la Historia— a punta de la utopía y del sueño, del espejismo de toda una nación que se mantuvo por diez años en medio de la hambruna, la hostilidad y el sol del desierto, cual figura bíblica, solo observando el oasis a la distancia. Una utopía construida a base de grandes titulares, de ricos textos de poesía y ensayo, de manifiestos melosos, de encendidos discursos con gran sentido social, de una fructífera producción de obras de arte, de su épico canto musical y de su cine, por supuesto.

Pero en la realidad cruda la vida de miles de jóvenes estaba siendo truncada cada día a costa de ese sueño y paraíso del «sistema». Esta es la historia que se narra en El espectro de la guerra con un personaje joven, hombre, soñador (naif) e idealista —sección del pueblo en quien la Revolución tenía puesto el ojo en los peores tiempos del conflicto—. A este bailarín limpio de sentimientos, fresco y viril lo interpreta Elmer McField, quien actúa junto a Alenka Díaz para ambos representar a las miles de parejas que estaban obligadas a amarse a la distancia porque el acontecer revolucionario se erigía del sacrificio y de la entrega total. Este joven, que soñaba con bailar en el gran ballet, termina yendo a la guerra sosteniendo un arma con sus suaves manos de bailarín profesional y en la desgracia de su vida, que le llegó cuando apenas comenzaba a vivirla.

El largometraje se realizó con los últimos empujes del Instituto Nicaragüense de Cine y de otras instituciones y ONG’s. Luego de diversas gestiones la coproducción se llevó a cabo entre compañías productoras de Nicaragua, Cuba, México y España y tuvo un costo de 300 mil dólares de la época, lo que la convierte en la segunda película totalmente nicaragüense más cara de la historia —la más cara hasta ahora es La Yuma (2009) con un costo de 400 mil dólares—.

El espectro de la guerra se exhibió en los cines de los países coproductores con mucho éxito de taquilla y fue llevada a cinematecas, universidades, teatros y decenas de festivales alrededor del mundo. El actor nicaragüense Hugo Hernández Oviedo, entonces radicado en México, trabajaba como periodista en la famosa revista Cine Mundial y comentó en un artículo sobre esta película que por esos días corría en las pantallas de los cines comerciales de todo México: «Narra el drama que vive un joven al ser frustradas sus aspiraciones de bailarín al recibir una citación de las Oficinas de Reclutamiento Militar y es movilizado a las montañas nicaragüenses, donde tiene que participar en la cruenta guerra que vive Nicaragua». En Managua, su director, Ramiro Lacayo Deshón, fue entrevistado en días posteriores al estreno por periodistas del diario nicaragüense Barricada y en sus declaraciones amplía la información de Hugo Hernández Oviedo: «Es una historia que tiene que ver con un bailarín de la Costa Atlántica que sueña con llevar el Palo de Mayo al Gran Ballet y, en medio de esa realización de su sueño, es movilizado por el Servicio Militar Patriótico y tiene que abandonar sus estudios en la Escuela Nacional de Danza de Managua. Después sufre una lesión durante un combate, que lo deja imposibilitado de volver algún día a bailar profesionalmente».

Esta película fue recibida en Nicaragua por una prensa crítica que reconocía su esfuerzo sin perdonarle algunas faltas, especialmente los desaciertos en la actuación. Para algunos periodistas esas faltas eran comprensibles dado que se trataba de actores no profesionales. Alenka Díaz, por ejemplo, quien hacía el papel de la coprotagonista, era graduada de periodismo además de bailarina y tuvo que recibir largas jornadas de preparación en arte dramático en Cuba. Elmer McField, el protagonista, tuvo que entrenarse mucho en actuación y hasta aprender a bailar porque a él en el casting «no se le escogió por los conocimientos técnicos sino por las características físicas».

Lo admirable del filme fue su salida a luz en un año tan delicado para la historia de Nicaragua, cuando se preparaban las elecciones históricas de 1990 y la equiparación del profundo mensaje político que sostiene el guion, con indicios críticos hacia las decisiones del gobierno, viniendo de un cineasta que había sido director del Instituto Nicaragüense de Cine y apenas había dejado ese cargo para subir a un puesto de más rango: la dirección del Consejo Nicaragüense de Cine.

Lo que ocurría en esos años de 1988 y 1989 era una Centroamérica encendida por la guerra. Los miles de muertos, las reuniones regionales para los famosos acuerdos paz y los retrocesos de Nicaragua hacía la Contrarrevolución entre muchos otros hechos, como el hartazgo de un pueblo cansado ya de solo poner los muertos y ver que con el paso de los años nunca se cruzaba la línea para alcanzar el oasis utópico.

En la actualidad, Ramiro Lacayo Deshón expresa que no representa un filme concluido sino que podría haber explotado mucho más el tema y las circunstancias: «Me hubiera gustado tener más experiencia en esa película porque ella merecía más. Ese drama y esa frustración que estaban viviendo los jóvenes en ambos lados era un gran tema y ellos eran una juventud nicaragüense totalmente frustrada. Mi mensaje fue incompleto. Quería hacer una crítica a la guerra, al Servicio Militar Patriótico que fue arruinando los sueños de toda una generación (…) El personaje es un antihéroe, un personaje de secundario de la Historia y al final la mayoría de la población mundial somos personajes secundarios. La película fue mal leída, o no logré expresarme bien, porque esta no era una película política».

Con la producción de El espectro de la guerra lo interno de la producción de cine nacional comenzaba a soñar, porque antes de que en 1987 se estrenara el largometraje Mujeres de la frontera, de Iván Argüello Lacayo —totalmente nicaragüense, el cual también había llegado con sacrificios hasta la pantalla de los cines—, lo que se había hecho en Nicaragua era cine extranjero con los largometrajes Walker y Sandino (ninguno tuvo actores nicaragüenses principales y no son considerados películas nacionales, sino que Nicaragua participó como país coproductor, pero en realidad eran participaciones pequeñas en comparación con el quehacer de esas productoras extranjeras).

Pero lo que no sabía ese «cine nacional» de ese despegue y esa gloria de un director nicaragüense como titular de una película, con actores nicaragüenses interpretando personajes principales, era que este sería su último filme y todas las predicciones para el futuro de la cinematografía nicaragüense quedarían abortadas.

Esta película tuvo decenas de selecciones oficiales en festivales del mundo. Su rodaje duró aproximadamente dos meses con un equipo nacional de trabajo de 50 personas. El mayor apoyo económico para esta película vino de España con TVE, que, además de invertir gran cantidad de dinero en su manufactura, compró los derechos de antena para exhibirla por televisión en todo España. Ganó un premio de guion en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano en Cuba en 1988 y otros premios en Moscú, en Los Ángeles y en San Francisco.

FICHA TÉCNICA

Dirección y realización: Ramiro Lacayo Deshón. Argumento y guion: Ramiro Lacayo Deshón, Franco Reggiani. Género: Ficción. Duración: 124 minutos. Formato: Color y Blanco y negro, 35 mm. Idioma: Español. Fotografía: Livio Delgado. Edición: Michael Bloucher, Johnny Henderson. Sonido: Luis Fuentes. Música: Randall Watson. Dirección artística: Ernesto Cuadra. Intérpretes: Elmer McField, Alenka Díaz, Manuel Poveda, Pilar Aguirre, Carlos Alemán Ocampo. Productores: Julio Torres, Carlos Álvarez. Producción: Instituto Nicaragüense de Cine (INCINE), Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), Televisión Española (TVE), Instituto Mexicano de Televisión (INMEVISION). Año de producción: 1988. Año de finalización: 1989. Fecha de estreno: 4 de mayo de 1989, cine Tetel, Managua. Nacionalidad: Nicaragua, Cuba, México, España.

¿Quién es Karly Gaitán Morales?


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