Último silencio_ Casi literal

Último silencio


Por MICHELLE JUÁREZ | TIEMPO PERDIDO

Sé que escribir Último silencio fue un ejercicio catártico porque editarlo y publicarlo también lo fue. A final, Ronald, ¿ambos habremos logrado exorcizar nuestros demonios?


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¿Fue hace tanto ya, Ronald, que rompimos los esquemas del canon literario guatemalteco atreviéndonos a publicar Último silencio, literatura contemporánea para el inocente público escolar de nuestro magno sistema educativo?

¡Casi no puedo creerlo! Varias cosas no puedo creer: que ya pasaran dieciséis años de aquella travesura. Que en Piedra Santa me permitieran el sacrilegio de jugar con un mar de tinta. Que yo todavía lo recuerde y que usted aún no lo haya olvidado.

Lo que no me extraña: que continúen reseñando, analizando, leyendo y disfrutando ese Último silencio. Especialmente en el extranjero, claro está, porque en nuestra mísera patria nada ha cambiado y todos se siguen ninguneando.

¿Le confieso algo? Ahora, década y media después, me atrevo a reconocer que Camacho, el perpetrador, figura de la barbarie esperpéntica, logró que yo le diera un portazo a la posibilidad de instalar el consultorio psicológico que mi carrera me exigía. Así de trascendental fue su galardonada ópera prima para lo que Michelle Juárez haría o dejaría de hacer en el mundillo que había decidido habitar. Al cerrar la puerta a la psicología clínica abrí la ventana al placer de editar y publicar a la clica de la Generación X y a un par de babyboomers.

Usted, Ronald, se convirtió en la entrada a un laberinto polifónico e intertextual sin salida. Navegar entre la episteme y la doxa, danzar con Foucault, Heidegger, Wittgenstein y Derrida de la mano de esa vertiginosa actividad literaria cuasi paranormalsuya, era más que intenso.

De dicha psicodelia surgió un atisbo de desfachatez editorial que exploró caminos de la literatura centroamericana que en ese momento solo eran senderos abiertos a puro machetazo en la selva tropical violada por guerrilleros y soldados, como la monja torturada que conocí en los recovecos de su novela y que visitaba mis pesadillas recurrentes; ahí, semidesnuda en una pocilga donde solo un catre viejo la veía adolecer.

En ese proceso creativo de abrirse campo entre un anquilosado y apolillado pénsum literario escolar —dizque enfocado en el desarrollo de competencias lectoras— comprendí que la literatura es otra subalternidad, como la que reflejan Ernesto y Camacho en medio de ese lago donde simbólicamente ahogamos nuestros remordimientos y traumas.

También descubrí que la literatura centroamericana es una doble subalternidad como la de esa enfermiza relación entre Oriente y Occidente, como la que nos hace navegar entre el ego y el alter ego o que nos hace cambiar de heterónimos cual ropa interior.

En esos tiempos de ingenua esperanza en el mundo editorial, más aún, descubrí que la literatura guatemalteca es una triple subalternidad como la que nos hunde en nuestra primitiva condición humana.

Sé que escribir Último silencio fue un ejercicio catártico porque editarlo y publicarlo también lo fue. A final, ¿ambos habremos logrado exorcizar nuestros demonios?

ltimo silencio, Ronald Flores_ Casi literal

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