Friends: el sitcom arqueológico


Por ANGÉLICA QUIÑONEZ | TINTA BLANCA

Todos los contenidos que consumimos, por escapistas y fantásticos que sean, están empapados de nuestra realidad. En ese sentido existe una marcada diferencia entre Friends y sus comedias herederas creadas después del 9/11. La tragedia destruyó la idílica imagen de Nueva York como ámbito de la juventud glamurosa. No es que Friends siempre fuera una serie mala: simplemente hemos crecido.


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Angélica Quiñonez_ Perfil Casi literal 2Quince años después de su episodio final en 2004, Friends sigue siendo una de las influencias más prevalentes en nuestro concepto de la serie y, penosamente, uno de nuestros indicadores sobre lo que la comedia significa para nosotros.

Creada por David Crane y Martha Kauffman, Friends fue nominada a 62 Primetime Emmy Awards (de los cuales ganó 6) y en su momento fue una de las series más vistas en la televisión. Sigue transmitiéndose, traducida o subtitulada, en cientos de televisoras alrededor del mundo y generándole a sus estrellas hasta $20 millones anuales solo por los derechos de sindicación. Incluso su relanzamiento en Netflix en 2015 provocó un incremento en las repeticiones y una oportunidad para que las audiencias adolescentes disfrutaran el programa favorito de sus padres.

Pese a su patente popularidad, cada vez me encuentro con más personas —sobre todo millennials y Gen-X— que detestan a los seis amigos y sus aventuras en una Nueva York sin diversidad, ni smartphones ni terrorismo. Es entendible que muchas de esas críticas vengan de personas jóvenes: un episodio sobre la frustración de Mónica con una máquina contestadora difícilmente tiene sentido para una persona que creció con celulares y BBM.

Pero el dilema más prevalente es si acaso Friends nunca fue graciosa en primer lugar.

La serie tiene como premisa la vida de seis amigos blancos, heterosexuales, atractivos y moderadamente privilegiados que navegan sus carreras y relaciones en maneras aspiracionales. Con las risas pregrabadas que caracterizan a todas las comedias viejas, los personajes compartían esas conversaciones que nadie tiene pero cuyos chistes rápidamente adoptan nuestro léxico.

Obviamente, Friends es un producto de su tiempo, no solo por las modas y tecnología sino por sus actitudes en materia de género, sexualidad y clase social. Para las audiencias modernas, escuchar a Chandler burlándose de su padre transgénero es más incómodo que gracioso. Esta desconexión de valores provoca que muchos blogueros lancen teorías como «Los amigos son una alucinación de una Phoebe drogadicta» o «Ross perdió la custodia de su hijo por denuncias de abuso psicológico»; los creadores se han agotado de desmentirlas en entrevistas porque el punto de una sitcom no es invitar a una reflexión existencial, social o política, ¿verdad?

Friends siempre fue un espacio para sentirse eternamente alegre: todos sus problemas se resuelven en 30 minutos y sin consecuencias.

Lo cierto es que todos los contenidos que consumimos, por escapistas y fantásticos que sean, están empapados de nuestra realidad. En ese sentido existe una marcada diferencia entre Friends y sus comedias herederas creadas después del 9/11. La tragedia destruyó la idílica imagen de Nueva York como ámbito de la juventud glamurosa. Poco después, la crisis económica de 2008 obsoletizó a los personajes con vestuarios de diseñador y trabajos seguros y relajados.

Comenzamos a buscar aquellos programas que se sentían más genuinos, sin risas falsas ni tramas absurdas. Programas como Modern Family y Arrested Development rompieron la estereotípica comedia de amigos para recordarnos que nuestras familias también influyen en nuestra personalidad. The Office halló la comedia en el ambiente más serio y soso de nuestras carreras. Incluso calcos de Friends como New Girl y How I Met Your Mother formaron personajes más complejos y verosímiles, capaces de resonar con problemáticas de sus audiencias fuera de amistad y romance, como dificultades económicas, paternidad y crecimiento profesional.

No es que Friends siempre fuera una serie mala: simplemente hemos crecido. Quizá demandamos más diversidad y menos estereotipos, más desarrollo del personaje y menos celebridades invitadas porque somos más conscientes de nuestra identidad y el efecto que los medios tienen en nuestra percepción. Seguramente veremos las series del momento bajo la lupa dentro de quince años, preguntándonos por qué teníamos una mentalidad tan cerrada y retrógrada, o acaso preguntándonos en qué momento comenzamos a tomar lo cómico demasiado en serio.

¿Quién es Angélica Quiñonez?


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