Cormac McCarthy: La carretera

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Fernando_ Perfil Casi literal

La escritura puede ser un puente o una isla. El escritor está obligado a declarar su sentido patriótico y a solucionar los problemas del mundo. Sin embargo, parece extraño que a los deportistas o a los cineastas no se les exija su colaboración activa en los problemas sociales; quizá para la gente, el oficio de escritor no es suficiente; hay que dar más.

En este siglo, que yo sepa, al único escritor que no le interesa lo que piense o haga el mundo se llama Cormac McCarthy y en 2006 publicó la primer obra maestra de este siglo, harto de Harry Potter y Los juegos del hambre. La tituló The Road y en ella plasmó toda la fuerza y la desgracia del mundo destruido que imaginó o vislumbró.

El argumento es sencillo: un padre y su hijo se dirigen hacia el sur después de la guerra. No sabemos cuál guerra; solo nos dice que los tiempos mejores han muerto y todo es gris, no romántica sino literalmente: nubes de polvo y hollín cubren la tierra. Hace mucho frío y el canibalismo empieza a ser una necesidad. Entonces el padre y el hijo empiezan a caminar.

Y esa es la historia. No hay nada más. No se necesita mucho más.

A diferencia de sus contemporáneos, McCarthy utiliza un estilo que recuerda a Faulkner, al menos por la aventura estilística de la novela: casi carece de comas y transgrede la puntuación de los diálogos en inglés y en español. En inglés los diálogos se citan usando comillas, y en español, guiones largos. Bueno, McCarthy no hace ninguna de las dos cosas. Simplemente coloca un dialogo por encima del otro, casi como un poema conversado.

Sí. Todavía somos los buenos.

Y lo seremos siempre.

Sí. Siempre.

Ok.

La busca interminable de agua, comida y refugio es el hilo conductor de la novela. El padre y su hijo caminan despacio, viendo el mundo o lo que queda de él. Nada más. El amor se ha perdido, la gracia y la misericordia de dios (nunca mencionado en la obra) no existen; solo el camino, la carretera, que a veces se pierde entre montones de ruinas y asfalto.

Un chico y un hombre, los últimos buenos del mundo, caminan solitarios. Pareciera ser un texto cansino, pesado; pero en cada página el lector estará siguiendo de lejos a los protagonistas como en un capítulo olvidado, como la muerte que les pisa los talones galopando sobre el hambre.

No he visto la película. No hace falta. McCarthy es visual, sabe narrar y prefiero quedarme con el texto, prefiero dormir con la tristeza indeleble, con la aceptación de que Cormac McCarthy no es un novelista candidato al Nobel, sino un profeta, un hombre con los ojos abiertos, expectante, pues sabe que un buen día de estos tendrá que usar todo aquello que escribió y esconderse por esos mismos caminos; y quizá, hambriento y desesperado, encenderá una pequeña fogata con algunos ejemplares de All the Pretty Horses y The Road.

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