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Jóvenes: los eternos olvidados de las élites literarias guatemaltecas

Por GABRIELA GRAJEDA ARÉVALO | DIVERGENCIAS

El problema es que primero te enseñan que no podés y luego te dicen que «el cielo es el límite», pero si hay alguien que escribe y que muestra ciertas aptitudes se burlan de él: «Es un ishto, para qué le vamos a poner coco, seguramente es una porquería lo que escribe».

Así es Guatemala: una cubeta llena de cangrejos.

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Gabriela Grajeda Arévalo_ perfil Casi literalMucho se habla de las élites guatemaltecas. «Las que mandan al país», dice la gente. Pero hay muchos tipos de élites en Guatemala porque a las personas les gusta pertenecer a ellas aunque digan que no. Entonces la literatura guatemalteca tampoco escapa de pertenecer a una élite y por eso existen grandes literatos que están, como Horacio Oliveira, inmersos en sus pequeños círculos de importancia mientras que su literatura se ha alejado, desde hace años, de tener una misión como quizá la tuvo en la década de 1960 o antes.

El problema con Guatemala es que primero te enseñan que no podés y luego te dicen que «el cielo es el límite», pero si hay alguien que escribe y que muestra ciertas aptitudes se burlan de él: «Es un ishto, para qué le vamos a poner coco, seguramente es una porquería lo que escribe». Los «iluminados» a veces también «apadrinan» a esos jóvenes aprendices, pero con saña de: «Te enseño, pero espero a que te estrellés y qué gusto me va a dar que te hagás mierda». Y así es Guatemala, una cubeta llena de cangrejos; y por eso los iluminados que orbitan en las élites literarias, esos que se aplauden entre ellos mientras hablan del socialismo tomándose una copa de Romanée Conti, tampoco dejan que otros escriban sin antes ponerle el sello de bazofia monumental.

Pero los tiempos han cambiado. Vivimos en la era de la tecnología, las páginas web y las redes sociales, y los jóvenes, esos a quienes algunos inculpan por no leer en un país como Guatemala y desprecian por no saber de literatura o no saberla «escribir bien», son los que están buscando la poesía y consumiendo literatura escrita por otros jóvenes.

Por lo que he vivido con jóvenes durante el último año y medio en mi grupo de intercambio de libros gratuitos he podido ver que ellos leen las traducciones de libros juveniles escritos por estadounidenses igual de jóvenes que ellos. También leen la poesía amorosa y la comparten en pequeños círculos que son objeto de burla por los «iluminados» por promover la poesía barata. De esta manera existe una suerte de cancionero en las redes sociales —sí, como el Cancionero tan famoso en el Siglo de Oro— donde los jóvenes ahora comparten sus poemas, publican los de otros y leen los de autores más famosos.

Lo que más me gusta del mundo editorial anglosajón es que nadie te juzga por lo que lees o escribes, porque en un mercado tan grande en el que se desarrollan tantos temas simultáneamente, nadie tiene tiempo para ir y recriminarle al otro por lo que le dio la gana escribir. Entonces saltan del anonimato adolescente y son leídos por otros adolescentes, y así van escalando y descubriendo que les gusta leer; y así se crean el hábito de la lectura; y así, quizá algún día, puedan leer a El Señor Presidente de nuestro Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias.

El problema ocurre cuando la gente que aprendió a leer —digo «aprendió» porque ya tiene el hábito y la disciplina de leer constantemente— se pone a recriminarle a los jóvenes lo que leen en un país como Guatemala, en donde no sé si el 1% lee. O cuando nuestras letras marginan a los jóvenes y estos tienen que buscar traducciones porque los «iluminados» en las élites literarias están muy ocupados echándose flores como para pensar que no van a ser menos buenos si escriben también para un público más joven.

En Guatemala no hay un fomento a la literatura para jóvenes y los jóvenes no escriben formalmente porque no tienen dinero y porque quién les va a publicar sus «porquerías». Y es que estamos muy ocupados pensando en lo que no somos, pensando en militar, pensando que la literatura debe de ser como un panfleto ideológico y no algo tan poderoso que en sí mismo es capaz de mandar el más crudo de los mensajes. Estamos tan desgastados escribiendo sobre lo que no importa que no pensamos en todo lo que sí importa, por ejemplo, todas esas mentes nuevas que ahora consumen libros que no escribimos nosotros.

Y mientras que en Guatemala se siga pensando que el mercado editorial es como hace 50 años, en donde se descubrían obras prodigiosas que iban a ganar millones siempre y cuando fueran escritas por hombres, o mientras se marginen a los grupos que tienen una voz y merecen ser escuchados dentro de sus diversas realidades —porque hay muchas Guatemalas existiendo en Guatemala y eso lo sabemos todos los guatemaltecos—, y mientras las mentes poderosas que pueden ayudar a otros escritores jóvenes sigan siendo mezquinas, seguiremos estancados en glorias pasadas, comprando libros escritos por los gringos y creyendo que en las escuelas públicas de Guatemala hay casilleros, cafeterías y que los estudiantes asisten a clases de particular.

Y seguiremos dejando nuestras letras olvidadas en alguna cuenta de Instagram. Seguiremos aplaudiendo a los mismos de siempre, esos que se estancaron en el antes y que no quieren saber cómo funciona el ahora. Seguiremos y seguiremos siendo la misma cubeta de cangrejos que ya somos.

¿Quién es Gabriela Grajeda Arévalo?

 

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