Mulán y la moda del feminismo recalcitrante_ Casi literal

Mulán y la moda del feminismo recalcitrante


Por GABRIELA GRAJEDA ARÉVALO | DIVERGENCIAS

«El feminismo moderno es un asunto puramente de moda. Ya no se trata de lograr espacios de trabajo con sueldos competitivos, sino de justificar una inconformidad personal específica, arraigada y egoísta dentro de la sociedad».


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Gabriela Grajeda Arévalo_ perfil Casi literalHay dos tipos de feminismo: el que construye, o sea, el que hizo que la mujer pudiera votar y alzara su voz ante los abusos, la desigualdad laboral y la inferioridad ante la ley; y el feminismo recalcitrante, el que solo busca atención y deja a la misma mujer, no solo mal parada, sino además desprestigiada por otras mujeres. Ese feminismo que odia a los hombres por su condición de hombres y ningún argumento más. Ese irracional que no sabe lo que quiere o por qué. Ese que, cuando ve a otra mujer hermosa, exitosa y verdaderamente empoderada, la acusa de machista, la critica y hasta la cosifica porque al final «es pura hipocresía». Este último es el feminismo que yo detesto y que no me representa.

Lo que quiero dejar claro es que el empoderamiento femenino va más allá de ver a una mujer disfrazada de hombre tratando de ser un soldado para salvarle la vida a su padre. Aunque sé que una mujer puede hacer eso y más —yo siempre he conocido mi fuerza: la constaté cuando nacieron mis hijos y sé lo fuerte que sigo siendo—, existe una suerte de equiparación irracional y sobredimensionada para tratar de poner a la fuerza la figura femenina por encima de la masculina.

Lo que no nos cuenta Hollywood y ahora Disney es que la fuerza de una mujer está precisamente en sus diferencias con respecto a un hombre. Las mujeres siempre hemos sido fuertes, pero ahora, con toda esta victimización absurda, de veras parecemos débiles, locas y hasta tontas. Y aunque todavía existe el acoso, el trato injusto y hasta la discriminación por nuestro género, realmente creo que todo lo que está pasando en esta era solo está empañando los esfuerzos de las mujeres del pasado: las que murieron para que hoy tengamos un lugar igualitario en la sociedad.

Porque la realidad es que las mujeres nos hemos ganado a pulmón todo lo que tenemos, pero eso no será nunca suficiente argumento para odiar a todos los hombres, como si todos fueran los culpables de todo; entre ellos mi padre, mi marido y mi hijo, de quienes he aprendido y en parte me han formado.

Así, pues, cuando tuve oportunidad de ver la versión live action de Mulán me sentí muy triste. En principio porque le quitaron toda la magia de una película para niños y dejaron un cascarón con buena fotografía y simétrica. A Mulán le quitaron el amor, la poesía, la vida cotidiana con sus días malos y sus días buenos. Le quitaron la esencia y dejaron a un personaje inexpresivo en el que no se entiende si de verdad está teniendo una batalla interna o simplemente tiene ganas de ir al baño. Mulán es una mujer que pelea un Kung-Fu extraño y logra cargar a la cima de una montaña dos baldes llenos de agua sin chistar, pero que no se enamora, no siente, no ama, no expresa, no canta y ya ni siquiera se baña. Una mujer que me pareció muy triste y desapasionada, casi robótica, con la que no se podría tener una conversación porque está vacía como un pozo en verano. Una mujer que no me parece fuerte sino hecha a la medida de la fuerza progre, y que no es siquiera modelo para mi hija porque hasta se durmió viendo a la supuesta película infantil de mujer-modelo-empoderada.

Y ya me imagino los comentarios a esta columna. Me adelantaré a ellos como Eminem en la ronda final de 8 Mile, porque ahora resulta que si no eres inclusiva y escribes «todes» eres machista y encima mala persona. Si no defiendes acérrimamente los pañuelos verdes o crees que todos —perdón, «todes»— los hombres son unos infelices y que tu género está impuesto por el patriarcado, entonces deberías irte al infierno.

La realidad es que el feminismo moderno está más influido por la moda que por un verdadero deseo de superación de mujeres para mujeres. Ya no se trata de lograr espacios de trabajo con sueldos competitivos como en la Segunda Guerra Mundial, sino de justificar una inconformidad personal específica, arraigada y egoísta dentro de la sociedad. Vivimos en una sociedad renacentista donde se encumbra lo individual por encima de lo social y colectivo, solo que mucho menos innovadora y con disfraces políticos de «amor al prójimo» porque es lo que vende, como Mulán.

Quisiera creer que el nuevo filme de Mulán de veras va a ayudar a la sociedad a erradicar la violencia sexual contra las mujeres, que, paradójicamente, no ha dejado de aumentar desde el estallido de #NiUnaMenos del año 2015. Quisiera creer que todos los problemas e injusticias que atraviesan miles de mujeres hoy en los juzgados van a tener solución solo por la reacción de la nueva feminista que se ofendió en Twitter por un comentario aleatorio de X celebridad. Pero la realidad es que las poses, las ofensas y el marketing nada tienen que ver con esas mujeres de cualquier país de Latinoamérica a quienes sus maridos golpean e incluso matan. De poco y nada sirve el actual feminismo si en lugar de solucionar entorpece.

[Foto de portada: Pictorial Press Ltd / Alamy Stock Photo]

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