Rafael Arévalo Martínez y el Rubén poseído por el deus

Rafael Arévalo Martínez y el Rubén poseído por el deus


Por GABRIELA GRAJEDA ARÉVALO | DIVERGENCIAS

Para Sócrates, los poetas son intérpretes del dios que los posea y necesitan embriagarse de la inspiración que Rafael Arévalo Martínez, valiéndose de la ciencia, describe como la excitación producida por las drogas, el alcohol o el amor.


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Gabriela Grajeda Arévalo_ perfil Casi literalA mi abuelo Alberto Arévalo Andrade.

«Sí, todos los hombres están poseídos por el deus, pero el poeta está más cogido que los demás hombres». En una exaltación adoradora a la obra de Rubén Darío en la que existe también una suerte de disculpa hacia ese iluminado al que se le perdonan sus faltas por genio, por grande, por etéreo y por hombre; así Rafael Arévalo Martínez habla en «El Rubén poseído por el deus» (1934) de un poeta cuyo «dolor está por todas partes y en donde todos los cristales de su maravillosa obra se fundieron a temperaturas extremas». Un poeta que tuvo un final trágico y una vida «desordenada» que él mismo predijo en sus letras. Como lo menciona Arévalo: «Se le acusó a Darío de no haber sabido amar; de haber abandonado sucesivamente tres mujeres. No se quiso entender que iba poseso por el deus que necesitaba expresar una idea divina y que, mejor cogido que los demás hombres, no tuvo tiempo para formar un hogar».

Y es que es el contraste entre este hombre-poeta y la divinidad lo que intentó plasmar Rafael; la fusión de ese Dios de Alanus de Insulis —«una esfera inteligible cuyo centro está en todas partes y en ninguna»— y los versos de Darío —«Y oí dentro de mí; yo estoy contigo y estoy en ti y por ti: yo soy el todo»—. Por ello Rafael describe ese misterio sacerdotal de Rubén en el cual su desequilibrio derivado del alcohol le da una revelación y una voz profética a su obra. Porque para Rafael el poeta es una canal divina en la cual Dios habla y en la que fluye agua, pero cuando deja de caer esa lluvia no hay nada más seco que ese canal.

Entonces Rafael Arévalo Martínez habla de esa dualidad en el poeta que es un ser iluminado y un hombre imperfecto porque «prodiga el bien y no lo lleva consigo (…) grande como poeta suele ser mediocre y hasta ruin como hombre». Y a este respecto, Rafael menciona a Platón y se cuestiona por qué los mandó a coronar de rosas y a expulsar de la república. Y explica lo que mencioné antes aludiendo a que son divinos como mensajeros, pero los expulsa de la república por ser ruines como hombres.

¿Será verdad? Acaso esa iluminación extrema —producto de la sensibilidad que Rafael atañe al dolor que trae consigo la necesidad de operar— sea también la propia ruina del poeta. Porque no se puede servir a dos amos o porque quizá el poeta no entra dentro de los estereotipos de la normalidad impuesta por la sociedad; y es entonces esa dualidad de entendimiento psicológico y espiritual la que hace que un ser pase de la ordinariez a lo sublime mediante el arte, solo entendido a través del tiempo al que se adelantó, como Rubén Darío.

«Si mis versos salen bellos, enorgullecerme de ellos no está bien. Yo no sé; pero al oído me los dicta no sé quién», dice Amado Nervo. Aunque Sócrates dijo: «No es mediante el arte sino por el entusiasmo y la inspiración que los buenos poetas épicos componen sus poemas. Lo mismo pasa con los líricos (…) que son seres alados y ligeros incapaces de producir mientras el entusiasmo no les arrastre».

Para Sócrates, los poetas no son otra cosa que meros intérpretes del dios que los posea y necesitan embriagarse de la inspiración que Arévalo, valiéndose de la ciencia, describe como ese momento de excitación en el que llega más sangre al cerebro; que puede ser producido por drogas, alcohol o por un sentimiento natural similar como el amor.

El infinito del hijo de Rafael

A sus 104 años, Alberto Arévalo, hijo de Rafael Arévalo Martínez, recita a Rubén Darío todos los días: «Todos somos Dios», dice mientras señala que Dios está en todos y que es el todo. El infinito del que a diario habla mi abuelo es muy similar al que describe Borges en «La esfera de Pascal» (1952), en donde habla de la obra de Giordano Bruno, quien proclamó en La cena de las cenizas (1584): «El mundo es en efecto infinito de una causa infinita y la divinidad está cerca, pues está dentro de nosotros mismos más aún de los que nosotros mismos estamos dentro de nosotros».

En su poema «Revelación», Rubén Darío ejemplifica de alguna forma las palabras de Giordano y de la mano de un infinito terrenal llega a uno espiritual. Por eso Arévalo Martínez concluye su escrito diciendo que existen grandes iluminados que dicen grandes verdades y guían a las multitudes (como el científico o el poeta) y de esa forma guía Darío: «El poeta se vuelve el vocero de la humanidad; de tal manera su expresión que el hombre ya no podrá contar sus sentimientos de otra manera que como él lo dijo y necesitará recitar sus versos».

Puede ser que, sacando la exaltación a la figura del poeta producto de la admiración, solo queden hombres que fueron elegidos con esa divinidad interior para descubrirnos la cotidianidad de una forma en la que no podremos verla jamás. Seres que logran elevar lo simple a lo sublime poseídos por el deus.

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