¿Cuánto poder necesita un hombre?


Darío Jovel_ Perfil Casi literalA Napoleón sus generales le advirtieron que invadir Rusia era una locura, que el ejército estaba muy cansado de luchar en España y Portugal, que era necesario mantener las tropas francesas en Prusia y Austria para evitar que estas naciones se rearmaran. Le notificaron que Rusia era una tierra prácticamente sin caminos, con una infraestructura terrible que haría de la logística de llevar los suministros un infierno y que todo el asunto se podía resolver diplomáticamente.

Pero Napoleón era el héroe de Francia y su pueblo lo respaldaba. Marchó sobre las tierras rusas con 700 mil soldados, el ejército más grande que Europa había visto hasta entonces. Aquello fue la crónica de una tragedia anunciada. Napoleón ganó todas las batallas y perdió la guerra. Los rusos usaron una estrategia tan cobarde como efectiva: huir y quemar todo a su paso.

Las pocas batallas fueron contra regimientos sueltos, con un par de notables excepciones, en las que la superioridad francesa quedó demostrada, pero Napoleón nunca tuvo la oportunidad de destruir a todo el ejército ruso con una guerra convencional de la época. Se siguió adentrando más y más en territorio enemigo hasta que el invierno lo atrapó y, ante la imposibilidad de llevar suministros a través de aquellas gélidas tierras, se vio obligado a volver, sin comida para sus soldados ni suficientes uniformes para el invierno. Sus mejores tropas, la guardia imperial, los más temidos de Europa y que habían aniquilado a ejércitos enteros en el pasado, murieron sin tan siquiera poder disparar una vez, atrapados por el hambre y el frío.

Napoleón, alguna vez alabado, regresó entre abucheos. Sus hombres más leales, aquellos que le habían acompañado en más de diez años de guerra, estaban muertos. En unos meses soldados de Austria, Prusia y Rusia marchaban sobre Paris.

¿Hasta qué punto una sola persona puede traer prosperidad a una nación? No es una casualidad que en Europa empezaran a sacar gente de la pobreza de forma seria cuando los monarcas pasaron a ser meros símbolos, ello fruto de las revoluciones liberales del siglo XIX que empezaron a democratizar el poder en el viejo continente. Pero ¿qué pasa cuando una sola persona —asumiendo que tiene las mejores intenciones— es la que manda? Cuando acierte lo hará en grande, pero ¿tan grande es esa persona para nunca equivocarse? ¿Qué será de su país cuando los generales le digan que no vaya a Rusia, pero él decida ir de todas formas? ¿Qué tal si es un país pequeño, sin grandes recursos que explotar y, en su inmensa mayoría, pobre? ¿Qué pasa si ese poder absoluto se basa en un incuestionable apoyo popular? Porque algo puede ser incuestionable, pero no eterno. Bastó una hora para que los franceses pasaran a ver a Napoleón de héroe a villano. A veces (casi siempre) esos ultra personalismos suelen ser gigantes con pies de barro.

La voz popular no suele ser la voz de la razón y los pueblos se equivocan y rectifican todo el tiempo. Pero ¿para qué quiere un hombre tanto poder? Mejor aún, ¿para qué lo necesita?

Los pesos y contrapesos del Estado no son meros caprichos del derecho, sino una respuesta ante el histórico actuar humano frente al poder. Porque un auto necesita tener un buen motor para avanzar, pero también frenos, pues no se puede confiar en que la calle siempre será recta, que no haya nada en el camino o que el conductor siempre será prudente.

No obstante, una simple lectura basta y sobra para darse cuenta de que Napoleón, con una Francia que cada vez crecía más, llenó de esperanza el corazón de un pueblo al que habían acostumbrado a la miseria. Es cierto que los críticos de Bonaparte, en su mayoría, eran los mismos que en antaño le fallaron a su población y sus palabras no valían ni el papel sobre el que las escribían, pero también es cierto que la esperanza suele acabar chocando con la muralla de la realidad, que no todos los líderes populares tienen el talento de Napoleón y que la historia, sino se repite, al menos rima.

La importancia de que no se gobierne bajo las órdenes de uno solo no es darle el gobierno al pueblo, porque el pueblo no ha gobernado en ningún lado ni en ningún tiempo. El objetivo es proteger un país de las inevitables malas decisiones que tarde o temprano todas las personas cometen y que, sin nadie para hacerlo ver o con la capacidad de detenerlas, pueden ser letales. Evitar la concentración del poder es crucial en una sociedad, porque quien bebe mucho de esa copa en algún momento termina ahogándose en ella.

La historia tiene excepciones y ojalá esta que se vive actualmente en el gobierno de El Salvador, mi país, fuera una de ellas. Pero rezar a la suerte es lo mismo que depender de la benevolencia de una sola persona y la esperanza, pese a ser lo último que se pierde, se acaba perdiendo.

Quizá toda esta palabrería acabe siendo solo eso y sería lo mejor. Pues siendo sinceros, ¿cuánto poder necesita un hombre?

[Foto de portada: twitter.com/nayibbukele]

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