Entre Nobeles y cotorreos

LeoSorpresa general y diversas reacciones en las redes sociales —sustituto ideal de las lejanas tertulias ilustradas— causó el reciente Nobel de literatura otorgado por la Academia Sueca al cantautor norteamericano Bob Dylan. Por un lado, la voz de los indignados no tardó en hacer notar su rechazo y en expresar la desilusión sentida porque el galardonado no fuera un escritor de profesión y oficio, sino más bien a un advenedizo trovador salido de los bajos mundos de la música pop-rock-trova y demás extrañas combinaciones luciferinas de estos endemoniados tiempos posmodernos. Reclamando la legitimidad de una pureza literaria, hordas de voces tomaron forma en textos que iban desde los más elocuentes y exaltados panegíricos hasta los memes más sosos e ingeniosos en los que se auguraba una Academia alcahueta y consentidora de los más terribles adefesios literarios abortados por cantautores como Ricardo Arjona, Juan Luis Guerra, Juan Gabriel o el mismo Don Omar; o aspirantes chapuceros a literatos como Yordi Rosado, Paulo Coelho y Alejandro Jodorowski.

Otro tanto hicieron los indignados contra los indignados, es decir, los defensores del Idol Rock-Star, quienes tomaron a título personal el hecho de que por primera vez un supuesto paria incomprendido y rechazado apátrida del mundo tendría el honor de pisar —y además dejar manchada con fango— la alfombra carmesí del obnubilado y sagrado Parnaso mundial de las letras. Afilando todos sus cuchillos carniceros, este clan de fans rockers-ilustrados esgrimió con furor entrañable una serie de brillantes argumentos que rayaban desde el idealismo más romántico hasta el más prosaico y terrenal pragmatismo: que la esencia de la poesía tenía su génesis en la música; que en el pasado la inspiración poética se hacía carne viva en la figura de los trovadores anónimos; que los trovadores representaban el sentir y el espíritu del pueblo; que si la literatura acaso no era un hecho vivo y no una entelequia adormecida en las polvorientas páginas muertas de un libro; que si los dinosaurios de las letras no tenían apertura a los nuevos formatos de la literatura posmoderna, como si el arte de cantar fuera una especie de mutante entre el libro digital, el CD interactivo y el videojuego psicodélico; que si los cerebros encallecidos y embarrados de intelectual pedantería de los mastodontes académicos no podían encontrar la poesía en las piedras y solo por esa razón eran incapaces de reconocer la brillantez del iluminado entre iluminados; en fin, argumentos que oscilaban entre la cuerda deliberación, la ensoñación místico-esotérica y la rabiosa diatriba contra la academia con un sabor de victoria, porque el premio había sido otorgado por un dios omnipotente al paria y no al elegido de las musas.

Así, la noticia del novel Nobel quedó convertida en un campo de batalla entre aqueos y troyanos, mientras que Roma ardía en toda la extensión del Facebook, el Twiter, el Whatsapp, el Myspace y cuánta macumba satánica se le ha ocurrido a esos genios de la informática que viven en su propio limbo, alejados de la infantiles riñas de nosotros, los mortales, quienes jugamos —según lo creemos— a tener una voz novedosa en este universo virtual.

Pero independiente del encuentro futbolístico en que quedó reducida esta contienda —que más bien parecía chamusca— y de los hinchas que propalaban a los cuatro vientos que si lo merecía o no lo merecía; que si la Academia se había vuelto loca o no; independiente de todos estos aires bélicos que fueron aprovechados para descargar odios y temores; deseos y angustias; independiente de todo eso, nos queda tal vez el chispazo de poder reflexionar cómo la entrega de los Nobel se ha convertido en otra telenovela más que nosotros, amantes de alharacas y barullos, esperamos año con año como si asistiéramos a la coronación de príncipes y princesas, de papas y arzobispos, de gobernantes y gobernantas. Sin darnos cuenta hemos validado y seguiremos validando el espectáculo producido desde la médula del imperio en su afán colonizador.

Y es que, precisamente, al reconocer y seguir la voz rectora de la Academia, lo que hacemos es aceptar como natural el eurocentrismo que se impuso a las miserables naciones colonizadas allende los mares del sur. Apenas un día antes las mentes más lúcidas de este lado del Atlántico pregonaban por las mismas redes sociales el rechazo a la colonización y denunciaban el genocidio, el saqueo y los abusos cometidos por los imperios de Ultramar. Al mismo tiempo todos hacen sus apuestas, todos tienen a su candidato preferido, todos se ven envueltos en la emoción de la competencia y, al día siguiente, la noticia devasta a unos y emociona a otros como si la creación literaria fuera una especie de carrera de caballos en la que es posible medir la originalidad, el estilo, la imaginación, la sensibilidad. Lamentablemente vivimos en el reino de la competencia y pretendemos establecer rangos cuantitativos hasta en la creatividad, cuando para todos es claro que en arte y literatura, cualquier premio, cualquier honor que se otorgue, lleva el sesgo de la subjetividad.

Yo no sé en realidad si Dylan merecía más el premio que Murakami o que Parra o si merecía ser desterrado del mundo literario. Honestamente, no lo sé. Tampoco sé si Vargas Llosa, Cela, García Márquez, Asturias, Steinbeck, Echegary, Mistral, Paz, Faulkner, Valery, O’Neil, Neruda, Fo, Printer o Pamuk lo merecían. Nunca podré saber si Borges, Vallejo, Zola, Ibsen, Kafka, Tolstoi, Cortázar, Tolkien, Joyce o Fuentes, con lo talentoso que fueron, murieron frustrados por no ser galardonados —y es preferible que no lo sepa, para no borrar la imagen que de ellos tengo—. Tampoco sé si Munro, Lessing, Lagerlöf o la misma Mistral reivindicaron a las mujeres con el premio más que con sus obras. Lo que sí sé, de lo que sí estoy seguro, es que la Academia y el Nobel se han convertido por excelencia en las instituciones que más han contribuido a formar el establishment en la literatura. Sus ojos siempre se dirigirán a la gran industria editorial y, por lo visto, a la gran industria discográfica. Porque, señores, no nos engañemos: Dylan, como cualquier otro de los Nobeles aunque tengan discursos respetables y creaciones impresionantes, pertenece a esa minoría y en nada se relaciona con las llamadas literaturas marginales y de la periferia. Los tentáculos de la Academia nunca van a llegar allí, y si alguna vez lo hacen o simulan que lo hacen, es por dar una fachada políticamente correcta. Y lo mismo sucede en cada una de las naciones donde existe una literatura hegemónica y otra de los arrabales. Eso es notable hasta en el movimiento literario provinciano de nuestro país. El afortunado autor que accede a la remota posibilidad de ganar un premio tiene, en principio, que pertenecer al selecto club y llegar a él escalando con uñas y dientes, arruinando al vecino o moviendo secretamente todas sus influencias. No lo dudo, como todo en la vida, los hay muy brillantes y los hay muy mediocres, pero al final de cuentas juegan al juego que todos jugamos. Y mientras tanto, la industria editorial seguirá acaparando millones y fabricando dioses. Entretanto, nosotros, los simples mortales anónimos y sin voz, nos seguiremos devorando por esos inalcanzables dioses que, al parecer, cada vez los irán fabricando de acuerdo con los aires light que corren por el mundo.

En realidad, los más respetados son y serán siempre los que un día se atrevieron a rechazarlo, porque en su actitud demostraron coherencia. Porque su compromiso ético iba más allá de su obra y lograron vencer los monstruos del ego y la vanidad. Por eso mis preferidos serán siempre los no-Nobeles: Pasternak y, principalmente, Jean-Paul Sartre.

¿Quién es Leo De Soulas?

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