Mujer, mulher, femme, woman (VIII)

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Ciertamente. Se ha clasificado la literatura en roja, negra, blanca, femenina… No así “masculina”, bajo el sofisma idealista: “No hay literatura de hombres, ni de mujeres, solo buena literatura” y claro, esta última estuvo tiempo atrás definida y controlada por los hombres. Vea cómo el artificio del atol con el dedo varía según el tono. Agréguele uno de voz grave y profunda:

No hay literatura de hombres, ni de mujeres, solo buena literatura — Nadie reacciona. Añada ahora el tono de agresividad típica de l’enfant terrible:

No hay literatura de hombres, ni de mujeres, solo buena literatura — Silencio otra vez. Nadie cuestiona. Nadie dice:

—Espera un momento por favor, tenés razón en que hay un “paradigma” de valores estéticos convencionales, aún y cuando lo neguemos.
Es cierto que determinadas escritoras son manipuladas e intimidadas para escribir como hombres, o ellas mismas, sorpresa, lo aspiran. Es cierta la historia de la mentalidad machista empañando las letras. Sin embargo, si reflexionaras, sabrías que existe una forma de acceder a esa “belleza consensuada”; existe una manera particular que imprime su huella eminentemente femenina. Entonces, sí es verdad que sólo hay buena literatura, sin etiquetas; pero también es verdad que miles de escritoras han accedido al “asexuado y prístino centro de lo inexorable platónico” con un estilo único. Léase Virginia Woolf. Léase Clarice Lispector. Y esto, asumiendo que tal “esquema de belleza” (o su antípoda fea) no se encuentra viciada por el refritado gusto a macho atrasado de provincia, popular en ciertos espacios juveniles nicaragüenses. Y nos vamos a The Madwoman in the attic: “The poet’s pen is in some sense (even more than figuratively) a penis (…) In patriarcal Western culture, therefore, the text’s author is a father, a progenitor, a procreator, an aesthetic patriarch whose pen is an intrument of generative power like his penis (…) in this respect, the pen is truly mightier than its phallic counterpart the sword, and in patriarchy more resonantly sexual” (p.4-6), pero todo esto se publicó en la década del ochenta y algunos que confunden la crítica con la historia viven todavía en las bibliotecas francesas de los sesenta y hoy es una espléndida tarde septembrina de otoño del 2014. Invierno, más preciso lluvia, en Nicaragua.

Apartando las implicaciones reproductivas y que “pluma(s)” goza de otra connotación en español, resumámoslo así, voz de varón y reverencia: “Con mi pluma o lápiz (da igual), que es mi pene, vos mujer, no jugás”.

Meditaba sobre esas ideas, luego de recordar la llegada de Tania Ramalho a la Casa Internacional; una profesora poeta, feminista, doctora en pedagogía crítica, de mente abierta y gran espíritu. Es una de esas personas que te cambia la vida.

Las horas se estiraban en la sala de estar, nuestra o de su apartamento, intentando, la tarea imposible, pero a la que Sor Juana de la Inés de la Cruz nos reta en Primero Sueño, aún sabiendo de antemano la derrota. “Las grandes preguntas”, solía decía Alvaro Urtecho, cuando bebía rones y comía filetes con él en el Portón Rojo, cerca de “La Ceiba” de Linda Vista en Managua: “Lo mío Madonnita Shade son las grandes preguntas de la filosofía”, sobre las que estamos construidos, nosotros y nosotras, “las de aquí”.

Y bajó sobre mí la blanca paloma (je) proyectando el templo oficial y actual donde se discuten (o así debería ser) los problemas del mundo: el aula. Ese lugar de pupitres dispuestos en hileras horizontales o verticales según el enfoque; las persianas o ventanas infaltables e indispensables o válvulas de escape que en la actualidad han sido sustituidas por las ventanas virtuales. Medité sobre el impacto que un buen profesor puede lograr sobre uno; imaginé que una vez cuestionaba, como toda buena alumna, demandaba una explicación que me satisfaciera, que llenara mis ansias de saber, y el “consejo” era: “Vete a otro lugar. Lo mejor es que te vayas”, que en realidad significaba: “Yo hago lo que quiero, no tengo por qué dar cuentas a nadie, mi subjetividad, aún y cuando sé que es un error, es primordial y no la cambiaría por nada porque mi amor propio es más que el que siento por mis alumnos, ya no hablemos de deberes”. Son ejemplos de confusión entre el aula y la domesticidad autoritaria de una casa. La analogía operaría de la siguiente manera: “No podés gobernar el país como si fuese tu finca”.

De ahí que John Gardner represente un bálsamo: “Truth is not much valued where everyone agrees on what the truth is and no one is handy to speak up for the side that’s been dismissed. However bad university professor may be in general, every great professor is a man or woman devoted to truth, and every university has at least one or two of them around”(p.10-11); probablemente haya más de dos, pero contados.

¿Cuál es el #*%* problema, entonces, en buscar la verdad? Idea que ha dejado de ser romántica y se ha convertido en afrenta.

Contrastamos las mentiras con las verdades. Yo misma me asombro de leer inexactitudes, ocultamientos, invisibilizaciones, manipulaciones realizadas con fines deplorables. Volvemos a Orwell, 1984: La literatura cumpliendo su función social. Porque alteran y distorsionan la historia; pactan la memoria; la negocian. Y quienes hemos sido testigos vivientes de “x” o “y” acontecimiento representamos una amenaza a los intereses mezquinos del poder, en cualquiera de sus manifestaciones. No quiero si quiera pensar en los testigos de la sangre y las guerras: “Yo estuve ahí, yo lo vi, nadie me lo contó, yo lo viví en carne propia, punto”. Lugar de privilegio, testigo, protagonista de primera mano.

De ahí que tres simples palabras representaran un universo complejo: “Mujer, escritura y memoria”, con sus implicaciones y repercusiones. Se me venía la imagen de un hombrecito diciéndole a una mujercita: “Así tenés que arreglar la casa, así quiero esto y lo otro. No te vistas así que en una mujer es un escándalo. Así quiero tu escrito mi amor, ponele la coma ahí porque así respiro yo y porque así me gusta a mí”.

De ahí que valorara los diálogos con Tania Ramalho en Albuquerque y anhelara libertad de respirar, de puntuar y construir mis propias oraciones. Vieja advertencia que me ofreciera Rosario Aguilar: “Trato lo más posible de respetar mi sintaxis, mi forma de narrar, la cual se corresponde con mi pensamiento literario”, y lógico, no todos, aunque haya coincidencias, pensamos igual. ¡Lo que cuesta una voz propia!

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