Cuando llega la Navidad pero no podemos tapar el sol con un dedo

Por GABRIELA GRAJEDA ARÉVALO | DIVERGENCIAS

A veces veo esas imágenes de mujeres ensangrentadas en Chile o esos niños que se quedaron sin nada en Alepo y pienso que no podemos pretender que la Nochebuena sea «una noche de paz y de amor»

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Gabriela Grajeda Arévalo_ perfil Casi literal«La mayor pérdida era algo que no habría podido expresar, aunque hubiera dominado el inglés: los ritmos de la vida que hacen que un lugar y una época se sientan como propios».

Katherine Marsh, Un lugar en el mundo

La otra vez leí —aunque sin detenerme— un artículo que decía que esta época, la de fin de año, aumentaban los índices de depresiones. Lo decía una psicóloga narrando su experiencia con pacientes que de alguna manera se entristecían en diciembre. Llega la época de la familia, los regalos, los amigos, los convivios y esa suerte de despedida que sucede todos los diciembres como si fuera el fin de una era y no un simple mes que divide un año de otro. Pero el ambiente se vuelve cálido, o eso aparenta, y los moños navideños entre dorados y rojos, la comida, los pasteles y los bocadillos a todos nos recuerdan nuestra infancia y esa nostalgia da pena.

Yo no sé si lo que decía ese artículo sea cierto, pero a veces me pregunto por qué esta era nos recuerda a alguien como si nos lo subrayara en la mente. No siempre es una época feliz y menos en este momento de la historia en la que se sabe de tanta gente sin casa, sin país, sin hijos, sin padres. La humanidad sufre, somos una convulsión. A veces veo esas imágenes de mujeres ensangrentadas en Chile o esos niños que se quedaron sin nada en Alepo y pienso que no podemos pretender que la Nochebuena sea «una noche de paz y de amor» cuando ni siquiera podemos regalarle algo al otro sin que esté dentro de los límites de nuestro egoísmo.

Lo que más extraño en esta época es mi tierra, Guatemala. Hace siete años me fui y a veces me pasa que oigo hablar a alguien en las noticias y me gusta su acento, la forma en la que la gente usa diminutivos casi para todo, como ahora que nació una jirafa en el Zoológico La Aurora, la bautizaron «Jirafito» porque así es Guatemala.

Estar lejos de tu tierra en los momentos que más se extraña, esos que huelen a nacimientos, musgo y aserrín, te hace sentir empatía por quienes se fueron porque no tuvieron opción. Y de eso habla Un lugar en el mundo, de Katherine Marsh, este libro que compré en la Feria del Libro de Panamá y que me atrapó desde que lo vi, como amor a primera vista, por su hermosa cubierta y la historia que narra, la de un niño sirio que, como tantos otros, tuvo que huir de los bombardeos con el único sobreviviente de su familia, su padre. Ambos llegan a Turquía para que un balsero los lleve a Grecia.

Pero ¿a quién le importan los sirios? Esa es solo un montón de gente pobre que no tiene nada y que llegó a contaminar Europa como la peste, ¿no? La historia te cuenta el día a día de esos sirios, de cómo la ciudad era hermosa, la gente iba por el pan en la tarde, los niños a la escuela y se reunían a jugar fútbol con los compañeritos del barrio. También estaba el llamado para el rezo en la mezquita. La vida cotidiana que todos tenemos. Pero un día no quedó nada. ¿Te imaginas si Alepo fuera tu ciudad? ¿Sabes de qué ciudad te estoy hablando? ¿Acaso has googleado alguna vez fotos «Alepo» o «Siria»? No, desde luego que no porque ya pasó para los medios de comunicación (aunque sea algo que siga pasando). A nadie le importa lo que pase al otro lado del mundo por mucho que esas personas también sientan como nosotros. Somos de la misma especie, pero ellos son los otros.

La gente no migra porque quiera. A veces sí, pero cuando tienes una familia, un abuelo con problemas cardiacos, tres mascotas y una casa no es tan fácil solamente decir «me voy». La vida no es fácil cuando se tiene tanta responsabilidad. Y siempre observo en la ligereza con la que todos se toman los problemas del mundo, mientras que el marketing y el consumismo los tapa.

Como la reciente invitación al snob «fashion show» de Saúl É Méndez, en Guatemala. ¿Qué pretendían llenando de arena volcánica una caja? ¿Acaso no se enteraron de que muchas personas perdieron la vida en la erupción del volcán de Fuego el año pasado? A diferencia de lo que el gobierno de turno quiso cubrir, fue una catástrofe de la cual no nos hemos repuesto, pero ¿qué va a saber quien solo transita por las únicas cuadras potables donde no se ve la pobreza y la decadencia? A nadie le importa la niña que no tiene padres, casa o brazos. A nadie le importa eso, porque mientras tanto hay que usar pestañas postizas, los zapatos lustrados y los vestidos ceñidos. Y a eso me refiero con pérdidas.

Quizás aumenten las depresiones porque son los únicos meses en los que se ve hacia atrás, el camino recorrido, la gente que se quedó, las risas y los abrazos que no se dieron y porque dentro de la poca conciencia que podamos llegar a tener, entre lo pequeña e insignificante que sea nuestra naturaleza, quizá entendamos que somos parte de un mundo que siempre aparenta, como esos padres que se pelean a espaldas de los hijos hasta que un día se divorcian.

Y mientras los villancicos y la canción de ByB suene en la radio, como todos los años, y mientras aumenten los robos en los mercados y la gente mande a hacer tamales y ponga su árbol, no importa si es de verdad o es de plástico, la Navidad llegará, las fiestas, la pompa y los cohetes, y con ella esa sensación tan humana de que no siempre podemos aparentar que todo será mejor. Creo que mejora el que quiere hacer alguna diferencia y aquellos que lo siguen.

[Foto de portada: Abdalrhman Ismail]

¿Quién es Gabriela Grajeda Arévalo?

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